miércoles, 30 de diciembre de 2009

LA FÓRMULA.

ANTHONY DE MELLO.

El místico regresó del desierto.
“Cuéntanos”, le dijeron con avidez, “¿cómo es Dios?”.

Pero ¿cómo podría él expresar con palabras lo que había experimentado en lo más profundo de su corazón? ¿Acaso se puede expresar la Verdad con palabras?

Al fin les confió una fórmula –inexacta, eso sí, e insuficiente-, en la esperanza de que algunos de ellos pudiera, a través de ella, sentir la tentación de experimentar por sí mismo lo que él había experimentado.

Ellos aprendieron la fórmula y la convirtieron en un texto sagrado. Y se la impusieron a todos como si se tratara de un dogma. Incluso se tomaron el esfuerzo de difundirla por países extranjeros. Y algunos llegaron a dar su vida por ella.

Y el místico quedó triste. Tal vez habría sido mejor que no hubiera dicho nada.

FABRICANTE DE ETIQUETAS.

ANTHONY DE MELLO.

La vida es como una botella de buen vino.
Algunos se contentan con leer la etiqueta.
Otros prefieren probar su contenido.

En cierta ocasión mostró Buda una flor a sus discípulos y les pidió que dijeran algo acerca de ella.
Ellos estuvieron un rato contemplándola en silencio.
Uno pronunció una conferencia filosófica sobre la flor.
Otro creó un poema.
Otro ideó una parábola.
Todos tratando de quedar por encima de los demás.

¡Fabricantes de etiquetas!

Mahakashyap miró la flor, sonrió y no dijo nada. Sólo él la había visto.

¡Si tan sólo pudiera probar un pájaro, una flor, un árbol, un rostro humano…!

Pero ¡ay! ¡No tengo tiempo!

Estoy demasiado ocupado en aprender a descifrar etiquetas y en producir las mías propias. Pero ni siquiera una vez he sido capaz de embriagarme con el vino.

LA PREGUNTA.

ANTHONY DE MELLO.

Preguntaba el monje: “Todas estas montañas y estos ríos y la tierra y las estrellas… ¿de dónde vienen?

Y preguntó el Maestro: “¿Y de dónde viene tu pregunta?”.

¡Busca en tu interior!

lunes, 28 de diciembre de 2009

JESÚS

video

viernes, 25 de diciembre de 2009

BUSCAR EN LUGAR EQUIVOCADO.

ANTHONY DE MELLO.

Un vecino encontró a Nasruddin cuando éste andaba buscando algo de rodillas.

“¿Qué andas buscando, Mullah?”.

“Mi llave. La he perdido”.

Y arrodillados los dos, se pusieron a buscar la llave perdida. Al cabo de un rato dijo el vecino”.

“¿Dónde la perdiste?”.

“En casa”.

“¡Santo Dios! Y entonces, ¿por qué la buscas aquí?

“Porque aquí hay más luz”.

¿De qué vale buscar a Dios en lugares santos si donde lo has perdido ha sido en tu corazón?

EL HOMBRE ÍDOLO.

ANTHONY DE MELLO.

Una antigua historia hindú:

Érase una vez un mercader que naufragó y fue arrastrado hasta las costas de Ceylán, donde Vihhishana era el rey de los monstruos.
El mercader fue llevado a presencia del rey. Al verle, Vihhishana quedó extasiado de gozo y dijo: “¡Ah, cómo se parece a mi Rama. Es idéntico a él!”. Entonces cubrió al mercader de ricos vestidos y joyas y le adoró.

Dice el místico hindú Ramakrisha: “La primera vez que escuché esta historia sentí una alegría indescriptible. Si a Dios se le puede adorar a través de una imagen de barro. ¿por qué no se le va a poder adorar a través de un hombre?

LA PALABRA HECHA CARNE.

ANTHONY DE MELLO.

En el Evangelio de San Juan leemos:

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros… Mediante ella se hizo todo; sin ella no se hizo nada de cuanto ha sido creado. Todo lo que llegó a ser estaba lleno de su vida. Y esa vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas jamás la han apagado.

Fíjate en las tinieblas. No pasará mucho tiempo antes de que veas la luz. Observa silenciosamente todas las cosas. No pasará mucho tiempo antes de que veas la Palabra.

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros…

Resulta penoso comprobar los denodados esfuerzos de quienes tratan de convertir de nuevo la carne en palabra. Palabras, palabras, palabras…

lunes, 21 de diciembre de 2009

LAS CAMPANAS DEL TEMPLO.

ANTHONY DE MELLO.

El templo había estado sobre una isla, dos millas mar adentro. Tenía un millar de campanas. Grandes y pequeñas campanas, labradas por los mejores artesanos del mundo. Cuando soplaba el viento o arreciaba la tormenta, todas las campanas del templo repicaban al unísono, produciendo una sinfonía que arrebataba a cuantos lo escuchaban.

Pero al cabo de los siglos, la isla se había hundido en el mar y, con ella, el templo y sus campanas. Una antigua tradición afirmaba que las campanas seguían repicando sin cesar y que cualquiera que escuchara atentamente podría oírlas. Movido por esta tradición, una joven recorrió miles de millas, decidido a escuchar aquellas campanas. Estuvo sentado durante días en la orilla, frente al lugar en el que en otro tiempo se había alzado el templo, y escuchó, y escuchó con toda atención. Pero lo único que oía era el ruido de las olas al romper contra la orilla. Hizo todos los esfuerzos posibles por alejar de sí el ruido de las olas, al objeto de poder oír las campanas. Pero todo fue en vano; el ruido del mar parecía inundar el universo.

Persistió en su empeño durante semanas. Cuando le invadió el desaliento, tuvo ocasión de escuchar a los sabios de la aldea, que hablaban con unción de la leyenda de las campanas del templo y de quienes las habían oído y certificaban lo fundado en la leyenda. Su corazón ardía en llamas al escuchar aquellas palabras… para retornar al desaliento cuando, tras nuevas semanas de esfuerzo, no obtuvo ningún resultado. Por fin decidió desistir de su intento. Tal vez él no estaba destinado a ser uno de aquellos seres afortunados a quienes les era dado oír las campanas. O tal vez no fuera cierta la leyenda. Regresaría a su casa y reconocería su fracaso. Era su último día en el lugar y decidió acudir una última vez a su observatorio, para decir adiós al mar, al cielo, al viento y a los cocoteros. Se tendió en la arena, contemplando el cielo y escuchando el sonido del mar. Aquel día no opuso resistencia a dicho sonido, sino que, por el contrario, se entregó a él y descubrió que el bramido de las olas era un sonido realmente dulce y agradable. Pronto quedó tan absorto en aquel sonido que apenas era consciente de sí mismo. Tan profundo era el silencio que producía en su corazón…

¡Y en medio de aquel silencio lo oyó! El tañido de una campanilla, seguido por el de otra, y otra, y otra… Y en seguida todas y cada una de las mil campanas del templo repicaban en una gloriosa armonía, y su corazón se vio transportado de asombro y de alegría.

Si deseas escuchar las campanas del templo, escucha el sonido del mar.
Si deseas ver a Dios, mira atentamente la creación. No la rechaces; no reflexiones sobre ella. Simplemente, mírala.

LA SANTIDAD EN EL INSTANTE PRESENTE.

ANTHONY DE MELLO.

Le preguntaron en cierta ocasión a Buda “¿Quién es un hombres santo?”. Y Buda respondió “Cada hora se divide en cierto número de segundos, y cada segundo en cierto número de fracciones. El santo es en realidad el que es capaz de estar totalmente presente en cada fracción de “segundo”.

El guerrero japonés fue apresado por sus enemigos y encerrado en un calabozo. Aquella noche no podía conciliar el sueño, porque estaba convencido de que a la mañana siguiente habrían de torturarle cruelmente. Entonces recordó las palabras de su Maestro Zen: “El mañana no es real; la única realidad es el presente”.
De modo que volvió al presente y se quedó dormido.

El hombre en el que el futuro ha perdido su influencia se parece a los pájaros del cielo y a los lirios del campo. Fuera preocupaciones por el mañana. Vivir totalmente en el presente: He aquí al hombre santo.

EL MENSAJE DEL PÉTALO DE ROSA.

El Maestro de los Maestros, el Gran Gurú, desbordaba de riqueza interior. Y ya que cabalmente su alma desbordaba, su fin, su deseo, era volcar en los otros la abundancia de su sabiduría, dispensando las tinieblas de la ignorancia.

Pero difícilmente alguien acepta ser objeto sobre el cual se vuelca un desbordamiento. Ante todo, porque todos creen estar ya demasiado llenos hasta decir basta; y después, ser “desbordados”, o sea disturbados, no deja de suscitar un poco de desaliento.

Sucedió que un día el Gran Gurú fue a visitar el lugar de retiro donde varios monjes sufíes vivían en un gran recogimiento espiritual.

La llegada del Maestro levantó gran revuelo. “Misericordia”, decían los monjes, “¿éste querrá todavía hacernos aprender alguna cosa? Ya tenemos bastante con no olvidar lo que ya sabemos. Y después, aquí dentro ya somos demasiados. Cada uno quiere decir lo suyo y se termina por no entendernos. Por lo tanto, hagámosle entender, con alguna señal que no lo ofenda, que nuestro convento está ya completo, que no hay lugar para él”.

Por lo tanto, el jefe de los sufíes le llevó una copa llena de leche, queriendo decirle: “¡Oh vagabundo de la floresta! Este lugar está ya superpoblado de maestros espirituales, ya no hay lugar para ti”.

Cuando le fue presentada la copa, el Gran Gurú la observó, después sonrió, y tomando un pétalo de rosa, lo puso a flotar en la leche.

Esta acción significaba que así como el pétalo de rosa flotaba en la leche, sin hacerla desbordar de la copa, así también en aquel lugar la sabiduría del Maestro podía encontrar sitio sin perturbar las conciencias. El mensaje fue comprendido, y las puertas de la ermita se abrieron de par en par ante el venerable huésped.

LA GRUTA AZUL.

Érase una vez un hombre pobre y sencillo. Por la noche, después del trabajo, volvía a casa cansado y de mal humor. Miraba con asco a la gente que pasaba en coche o a los jóvenes sentados en las terrazas de los bares.

- Esos sí que viven bien, rabiaba el hombre, sentado en el autobús, como una oveja a la que llevan al matadero. No tienen ni idea de lo que quiere decir sufrir… Todo lo ven de color de rosa. ¡Si tuvieran que cargar con la cruz que llevo yo!

El Señor había escuchado siempre con mucha paciencia las lamentaciones de aquel hombre. Y, una noche se quedó esperándolo a la puerta de su casa.

-¡Ah, ¿eres tú, Señor? – dijo el hombre al verlo. No intentes venir a sermonearme. De sobra sabes cómo pesa la cruz que me has echado sobre los hombros.

El hombre estaba malhumorado como nunca.

El Señor le sonrió con bondad.

- Ven conmigo. Te voy a dar otra oportunidad. Podrás hacer una nueva elección, le dijo.

El hombre se encontró de repente en una enorme gruta de paredes azules. La arquitectura era divina. Y estaba llena de cruces: pequeñas, grandes, esmaltadas, con joyas incrustadas, lisas, retorcidas…

- Son las cruces de los hombres, dijo el Señor. Elige la que quieras.

El hombre dejó con torpeza su cruz en un rincón y, frotándose las manos, se puso a escoger.

Probó una cruz ligera: pesaba poco, pero era larga y molesta de llevar. Se colocó al cuello una cruz de obispo, un pectoral, pero era tremendamente pesada de responsabilidad y de sacrificio. Otra lisa y simpática en apariencia. En cuanto se la echó encima empezó a clavársele sobre los hombros, como si estuviera cubierta de clavos. Tomó entonces una cruz de plata que brillaba resplandeciente, pero al tenerla consigo sintió que empezaba a invadirle una sensación de congoja y soledad. La dejó en el acto. Probó una y otra vez, pero cada cruz tenía algún defecto y ofrecía su propia dificultad.

Por fin en un rincón en semipenumbra, encontró una pequeña cruz, desgastada por el uso. No resultaba demasiado pesada, ni demasiado dificultosa de llevar. Parecía hecha a propósito para él.

El hombre la cargó sobre sus hombros, con aire de satisfacción.

- Me quedo con esta – exclamó.

Y salió de la gruta. El Señor lo miró con dulzura, clavando en él los ojos. Había escogido precisamente su vieja cruz: aquella que había arrojado con desgana al entrar en la gruta. La misma que había llevado durante toda su vida.

domingo, 20 de diciembre de 2009

CONSCIENCIA CONSTANTE.

ANTHONY DE MELLO.

Ningún alumno Zen se atrevería a enseñar a los demás hasta haber vivido con su Maestro al menos durante diez años.

Después de diez años de aprendizaje, Tenno se convirtió en maestro.
Un día fue a visitar a su Maestro Man-in. Era un día lluvioso, de modo que Tenno llevaba chanclas de madera y portaba un paraguas.

Cuando Tenno llegó, Nan-in le dijo:
“Has dejado tus chanclas y tu paraguas a la entrada, ¿no es así?
Pues bien: ¿puedes decirme si has colocado el paraguas a la derecha o a la izquierda de las chanclas?”

Tenno no supo responder y quedó confuso.
Se dio cuenta entonces de que no había sido capaz de practicar la Consciencia Constante. De modo que se hizo alumno de Nan-in y estudió otros diez años hasta obtener la Consciencia Constante.

El hombre que es constantemente consciente, el hombre que está totalmente presente en cada momento: ése es el Maestro.

LOS BAMBÚES.

ANTHONY DE MELLO.

Nuestro perro, Brownie, estaba sentado en tensión, las orejas aguzadas, la cola meneándose tensamente, los ojos alerta, mirando fijamente hacia la copa del árbol. Estaba buscando a un mono. El mono era lo único que en ese momento ocupaba su horizonte consciente. Y, dado que no posee entendimiento, no había un solo pensamiento que viniera a turbar su estado de absoluta absorción: no pensaba en lo que comería aquella noche, ni si en realidad tendría algo que comer, ni en dónde iba a dormir. Brownie era lo más parecido a la contemplación que yo haya visto jamás.

Tal vez tú mismo hayas experimentado algo de esto, por ejemplo cuando te has quedado completamente absorto viendo jugar a un gatito. He aquí una fórmula, tan buena como cualquier otra de las que yo conozco, para la contemplación: Vive totalmente en el presente.

Y un requerimiento absolutamente esencial, por increíble que parezca: Abandona todo pensamiento acerca del futuro y acerca del pasado. Debes abandonar, en realidad, todo pensamiento, toda frase, y hacerte totalmente presente. Y la contemplación se produce.

Después de años de entrenamiento, el discípulo pidió a su maestro que le otorgara la iluminación. El maestro le condujo a un bosquecillo de bambúes y le dijo: “Observa qué alto es ese bambú. Y mira aquel otro, qué corto es”.
Y en aquel mismo momento el discípulo recibió la iluminación.

Dicen que Buda intentó practicar toda espiritualidad, toda forma de ascetismo, toda disciplina de cuantas se practicaban en la India de su época, en un esfuerzo por alcanzar la iluminación. Y que todo fue en vano. Por último, se sentó un día bajo un árbol que le dicen “bodhi” y allí recibió la iluminación. Más tarde transmitió el secreto de la iluminación a sus discípulos con palabras que pueden parecer enigmáticas a los no iniciados, especialmente a los que se entretienen en sus pensamientos.: “Cuando respiréis profundamente, queridos monjes, sed conscientes de que estáis respirando profundamente. Y cuando respiréis superficialmente, sed conscientes de que estáis respirando superficialmente. Y cuando respiréis ni muy profunda ni muy superficialmente, queridos monjes, sed conscientes de que estáis respirando ni muy profunda ni muy superficialmente”. Consciencia. Atención. Absorción. Nada más.

Esta forma de quedarse absorto podemos observarla en los niños, que son quienes tienen fácil acceso al Reino de los Cielos.

martes, 8 de diciembre de 2009

¡PUEDO CORTAR MADERA!

ANTHONY DE MELLO.

Cuando el Maestro de Zen alcanzó la iluminación, escribió lo siguiente para celebrarlo:

“¡Oh, prodigio maravilloso:
Puedo cortar madera
Y sacar agua del pozo!”.

Para la mayoría de la gente no tiene nada de prodigioso actividades tan prosaicas como sacar agua del pozo o cortar madera. Una vez alcanzada la iluminación, en realidad no cambia nada. Todo sigue siendo igual. Lo que ocurre es que entonces el corazón se llena de asombro. El árbol sigue siendo un árbol; la gente no es distinta de cómo era antes; y lo mismo sucede con uno mismo. La vida no prosigue de manera diferente. Puede uno ser tan variable o tan ecuánime, tan prudente o tan alocado como antes. Pero sí existe una diferencia importante: ahora puede uno ver todas las cosas de diferente modo. Está uno como más distanciado de todo ello. Y el corazón se llena de asombro.

Esta es la esencia de la contemplación: la capacidad de asombro.

La contemplación se diferencia del éxtasis en que éste lleva a uno a “retirarse”. Pero el contemplativo iluminado sigue cortando madera y sacando agua del pozo. La contemplación se diferencia de la percepción de la belleza en que ésta (un cuadro o una apuesta de sol) produce un placer estético, mientras que la contemplación produce asombro, prescindiendo de que lo que se contemple sea una puesta de sol o una simple piedra.

Y ésta es prerrogativa del niño, que con tanta frecuencia se asombra. Por eso se encuentra tan a sus anchas en el Reino de los Cielos.

¿HAS OÍDO EL CANTO DE ESE PÁJARO?

ANTHONY DE MELLO.

Los hindúes han creado una encantadora imagen para describir la relación entre Dios y su creación. Dios “danza” su Creación. Él es su bailarín; su Creación es la danza. La danza es diferente del bailarín; y, sin embargo, no tiene existencia posible con independencia de Él. No es algo que se pueda encerrar en una caja y llevárselo a casa. En el momento en que el bailarín se detiene, la danza deja de existir.

En su búsqueda de Dios, el hombre piensa demasiado, reflexiona demasiado, habla demasiado. Incluso cuando contempla esta danza que llamamos Creación, está todo el tiempo pensando, hablando (consigo mismo o con los demás), reflexionando, analizando, filosofando. Palabras, palabras, palabras… Ruido, ruido, ruido…

Guarda silencio y mira la danza. Sencillamente, mira: una estrella, una flor, una hoja marchita, un pájaro, una piedra… Cualquier fragmento de la danza sirve. Mira. Escucha. Huele. Toca. Saborea. Y seguramente no tardarás en verle a él, al bailarín en persona.


El discípulo se quejaba constantemente a su Maestro Zen: “No haces más que ocultarme el secreto último del Zen”. Y se resistía a creer la consiguientes negativas del Maestro.

Un día, el Maestro se lo llevó a pasear con él por el monte. Mientras paseaban, oyeron cantar a un pájaro.

“¿Has oído el canto de ese pájaro”?, le preguntó el Maestro.
“Sí”, respondió el discípulo.
“Bien”; ahora ya sabes que no te he estado ocultando nada”.
“Sí”, asintió el discípulo.

Si realmente has oído cantar a un pájaro, si realmente has visto un árbol; deberías saber (más allá de las palabras y los conceptos).

¿Qué dices? ¿Qué has oído cantar a docenas de pájaros y has visto centenares de árboles? Ya. Pero lo que has visto ¿era el árbol o su descripción? Cuando miras un árbol y ves un árbol, no has visto realmente el árbol. Cuando miras un árbol y ves un milagro, entonces, por fin, has visto un árbol. ¿Alguna vez tu corazón se ha llenado de muda admiración cuando has oído el canto de un pájaro?

EL PICAPEDRERO.

(POPULAR CHINO)

Durante la época en que se construía la Gran Muralla, vivió un pobre diablo que trabajaba como picapedrero. Chen Ting-Hua, éste era su nombre, pasaba los días renegando de su existencia, con enormes pesares y amarguras. No había noche que antes de dormirse no pidiese a los dioses el poder cambiar su suerte.

Cierta noche, cuando apenas se había quedado dormido, una gran luz inundó la estancia y una imagen gigantesca se le apareció.

- ¿Eres tú Chen Ting-Hua? –preguntó la aparición.
- Yo soy, humilde siervo y picapedrero – respondió Chen.
- He oído tus pensamientos – dijo la imagen-, ¿de qué te quejas?
- Señor… ¡de mi adversa suerte! – contestó -. No soy feliz, con mi pobre sueldo apenas puedo tener una choza donde malvivir y apenas puedo permitirme el lujo de tomar una taza de té. Mientras que otros…
- ¿Y qué deseas ser… dime? – dijo la aparición.
- Un gran Mandarín – contestó Chen -, ellos viven bien y tienen cuanto desean… Pero, perdonad mi osadía gran señor… ¿quién sois vos y cómo podéis ayudarme?
- Soy el dios de la ambición – respondió -, y he venido hasta aquí para resolver tus problemas. Quedarás pues convertido en un gran Mandarín. Al instante, Chen se vio rodeado y atendido por gráciles y bellas doncellas y fornidos eunucos. Vestía hermosos ropajes de seda y poseía un gran palacio.

Al día siguiente, Chen salió a dar un paseo por los jardines de su fastuoso palacio. La mañana era maravillosa y el sol lucía en todo su esplendor. Al ver el sol, Chen pensó: ¡Cómo molesta el Sol!, ¡me abrasa y nada puedo hacer!, ¡quién fuese como él! De pronto se oyó una voz que dijo:
- Ya que ese es tu deseo… ¡conviértete en Sol!

Y así, Chen se convirtió en el Astro Rey del día. Vagaba por el cielo dominándolo todo con su luz, radiante, esplendoroso… Pero una tarde, una densa y plomiza nube se interpuso en su camino, impidiendo que los rayos del sol pasasen a través de ella. Esto irritó enormemente al antiguo picapedrero que pensó: ¿Cómo una indigna nubecilla osa ponerse en mi camino? ¡Quién fuera nube! Y en menos tiempo del que tarda en decirlo, Chen se transformó en una enorme y negra nube, la cual con tremendo trueno se descargó en forma de lluvia torrencial cayendo con enorme violencia sobre la tierra y estrellándose contra las rocas. Chen se asustó tanto al chocar que deseó ser como las rocas. Y al instante se convirtió en una de ellas.

Aquello era otra cosa – pensó – ahora se sentía duro y fuerte, podía resistir, la lluvia, el viento, la fuerza de los elementos… Más de pronto, sintió unos terribles golpes y vio a un hombre que con un pico estaba picando piedras. Un grito surgió de su garganta:

-¡¡Quiero ser picapedrero!! – y al abrir los ojos vio que todo había sido un sueño.

Desde aquel día Chen Ting-Hua no volvió jamás a quejarse de su suerte, ni a desear ser como los otros.

domingo, 6 de diciembre de 2009

POESÍA DE AMOR.

POESÍA DE AMOR.

(ANÓNIMO)

Una chica americana escribió una de las más bellas poesías de amor de los últimos tiempos. La tituló: “Lo que no hiciste”.

¿Te acuerdas del día en que te pedí prestado el coche nuevo y lo dejé hecho un acordeón? Pensé que me matarías, pero no me dijiste una palabra.

¿Te acuerdas del día en que te hice ir casi a rastras conmigo hasta la playa y tú decías que iba a llover, y llovió? Pensé que ibas a decir: “¡Te lo había dicho!”, pero no lo dijiste.

¿Recuerdas aquella vez en que yo coqueteaba con todos para darte celos, y tú te pusiste celoso? Creí que ibas a dejarme, pero no lo hiciste.

¿Te acuerdas cuando se me cayó la tarta de fresas sobre la tapicería nueva de tu coche? Temí que ibas a gritarme: “¡Idiota! ¡Inútil!, pero no lo hiciste.

¿Y te acuerdas de aquel día en que me olvidé decirte que la fiesta era en traje de etiqueta y tú te presentaste con vaqueros? Temí que ibas a ponerme de vuelta y media, pero no lo hiciste.

Sí, hay tantas cosas que no hiciste. Pero tenías paciencia conmigo, y me querías y estabas siempre de mi parte. Había tantas cosas de las que quería pedirte perdón cuando volvieras de Afganistán. Pero tú no volviste.

EL PEQUEÑO PEZ.

ANTHONY DE MELLO.

“Usted perdone”, le dijo un pez a otro, “es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado”.

“El Océano”, respondió el viejo pez, “es donde estás ahora mismo”.

“¿Esto? Pero si no es más que agua…
Lo que yo busco es el Océano”, replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.


Se acercó el Maestro, vestido con ropas sannyasi y hablando el lenguaje de los sannyasi: “He estado buscando a Dios durante años. Dejé mi casa y he estado buscándolo en todas partes donde Él mismo ha dicho que está: en lo alto de los montes, en el centro del desierto, en el silencio de los monasterios y en las chozas de los pobres”.

“¿Y lo he encontrado?, le preguntó el Maestro.

“Sería un engreído y un mentiroso si dijera que sí. No; no lo he encontrado. ¿Y tú?”.

¿Qué podía responderle el Maestro? El sol poniente inundaba con sus rayos de luz dorada. Centenares de gorriones gorjeaban felices en el exterior, sobre las ramas de una higuera cercana. A lo lejos podía oírse el peculiar ruido de la carretera. Un mosquito zumbaba cerca de su oreja, avisando que estaba a punto de atacar… Y sin embargo, aquel buen hombre podía sentarse allí y decir que no había encontrado a Dios, que aún estaba buscándolo.

Al cabo de un rato, decepcionado, salió de la habitación del Maestro y se fue a buscar a otra parte.


Deja de buscar, pequeño pez. No hay nada que buscar. Sólo tienes que estar tranquilo, abrir tus ojos y mirar. No puedes dejar de verlo.

LA VERDADERA ESPIRITUALIDAD.

ANTHONY DE MELLO.

Le preguntaron al Maestro:
“¿Qué es la espiritualidad?”

“La espiritualidad”, respondió, “es lo que consigue proporcionar al hombre su transformación interior”.

“Pero si yo aplico los métodos tradicionales que nos han transmitido los Maestros, ¿no es eso espiritualidad?”.

“No será espiritualidad si no cumple para ti esa función. Una manta ya no es una manta si no te da calor”.

“¿De modo que la espiritualidad cambia?”.

“Las personas cambian, y también sus necesidades.
De modo que lo que en otro tiempo fue espiritualidad ya no lo es. Lo que muchas veces pasa por espiritualidad no es más que la constancia escrita de métodos pasados”.


Hay que cortar la chaqueta de acuerdo con las medidas de la persona, y no al revés.

jueves, 3 de diciembre de 2009

LA BÚSQUEDA DEL ASNO.

ANTHONY DE MELLO.

Todo el mundo se asustó al ver al Mullah Nasruddin recorrer apresuradamente las calles de la aldea, montado en su asno.

“¿A dónde vas, Mullah?, le preguntaban.

“Estoy buscando a mi asno”, respondía Nasruddin al pasar.


En cierta ocasión vieron a Rinzai, el Maestro Zen, buscando su propio cuerpo. Ello hizo que se rieran mucho sus más estúpidos discípulos.

¡Llega uno a encontrarse con gente seriamente dedicada a buscar a Dios!

EL TAZÓN ROTO.

EL TAZÓN ROTO.

(Popular Chino).

En la antigua China había un hombre que vivía con su mujer, su hijo y su anciano padre. El abuelo, ya muy mayor, no podía evitar que sus manos vacilaran y temblaran, razón por la cual desparramaba la comida cada vez que se sentaba a la mesa y rompía con frecuencia su tazón de arroz.

Un día la esposa le dijo al marido:

- A tu padre siempre se le cae la comida y pone la mesa hecha un asco. Ya no aguanto más, me revuelve tanto el estómago que no puedo tragar ni un grano de arroz.
- Pero es tan viejo el pobre… ¿quién lo cuidará si no somos nosotros? Después de todo, él fue quien me crió y me educó – dijo el marido.

Sin embargo la esposa no compartía sus sentimientos y continuaba insistiendo en que había que hacer algo. El marido, presionado, estuvo de acuerdo en que se sentara en una mesa apartada y usara un tazón barato y algo dañado.

Una tristeza honda embargó al abuelo, pues notaba que le trataban como a un extraño, pero nada podía hacer para remediarlo.

El nieto, que ya se daba perfecta cuenta de todo lo que sucedía en casa, un día se acercó a su abuelo y le dijo:

- Abuelo, ¿me harías un favor?
- ¿Qué favor quieres que te haga? Dime –contestó alegre el anciano -.
- Mira, esta noche, mientras cenas, ¿podrías romper a propósito tu tazón de arroz? – preguntó el chico.
- Pero, ¿por qué quieres que haga eso? – preguntó el anciano.
- Espera y verás. Te haré feliz y podrás sentarte con nosotros otra vez.

El abuelo se preguntaba qué se traía entre manos su nieto. Sin embargo, decidió hacer lo que le pedía. Al llegar la hora de la cena, el abuelo, como de costumbre, ocupó su mesa separada provisto de su tazón viejo y desportillado. Cuando su hijo y su nuera lo miraban, dejó caer el tazón. Al oír el golpe del tazón contra el suelo, la nuera se puso en pie dispuesta a organizar una escena. Pero antes de que pudiese abrir la boca, el chico dio un salto, se acercó a su abuelo y le dijo:

- ¡Abuelito!, ¿por qué has roto ese tazón?, lo quería guardar para cuando mis padres se hicieran viejos y tuvieran que comer en esa misma mesa separada en la que comes tú.

El marido y la esposa se calmaron al instante, porque se dieron cuenta de la tontería que habían cometido. Al día siguiente, el abuelo se sentó a comer a la misma mesa que el resto de la familia.

SAL Y ALGODÓN EN EL RÍO.

ANTHONY DE MELLO.

Llevaba Nasruddin una carga de sal al mercado. Su asno tuvo que vadear un río y la sal se disolvió.

Al alcanzar la otra orilla, el animal se puso a corretear, contentísimo de haber visto aligerada su carga.

Pero Nasruddin estaba enfadado de veras.

Al siguiente día en que había mercado, Nasruddin cubrió los sacos con abundante algodón. Al cruzar el río, el asno casi se ahoga por culpa del exceso de peso.

“¡Tranquilízate!”, dijo alborozado Nasruddin. “¡Esto te enseñará que, no siempre que cruces el río vas a ganar tú!”.

Dos hombres se aventuraron en la religión.
Uno de ellos salió vivificado. El otro se ahogó.

lunes, 30 de noviembre de 2009

EL DIABLO Y EL CAMPESINO.

DINO SEMPLICI.

Un día el diablo se fue de inspección para ver cómo rezaban las personas. Era un tema que le interesaba porque la experiencia le había enseñado que era de vital importancia para su trabajo. Su gira fue breve y satisfactoria porque las dolientes oraciones eran del todo innocuas –y porque las personas que rezan son menos que las moscas blancas-.

Estaba regresando contento a casa, cuando descubrió, en un campo, a un labrador que estaba gesticulando. Ávido por saber qué pasaba, se escondió detrás de un montículo y se uso a observar. El hombre estaba peleando violentamente con Dios: lo trataba sin ninguna consideración, y le decía toda clase de barbaridades.

El diablo se quedó vivamente interesado en un principio, pero luego comenzó a reflexionar y aquello no le gustó nada.

Mientras andaba en estas cavilaciones pasó por allí un cura, quien dirigiéndose al campesino le dijo:

- Buen hombre. ¿Por qué razón te comportas así? ¿No sabes que insultar a Dios es pecado?

- Reverendo – responde el hombre-, si me enfurezco con Dios, es porque creo y porque le siento cercano; si le digo lo que siento, es porque lo quiero mucho; si grito, es porque sé que me escucha.

- Tú deliras –dijo el cura alejándose.

Pero el diablo, que sabía más que el cura, se fue muy alarmado: había descubierto a un hombre capaz todavía de rezar.

EL MONO QUE SALVÓ A UN PEZ.

ANTHONY DE MELLO.

“¿Qué demonios estás haciendo?” le pregunté al mono cuando le vi sacar un pez del agua y colocarlo en la rama de un árbol.

“Estoy salvándole de perecer ahogado”, me respondió.

Lo que para uno es comida, es veneno para otro.

El sol, que permite ver al águila, ciega al búho.

LA PALOMA REAL.

ANTHONY DE MELLO.

Narruddin llegó a ser primer ministro del rey.
En cierta ocasión, mientras deambulaba por el palacio, vio por primera vez en su vida un halcón real.

Hasta entonces, Naruddin jamás había visto semejante clase de paloma. De modo que tomó unas tijeras y cortó con ellas las garras, las alas y el pico del halcón.

“Ahora pareces un pájaro como es debido”, dijo. “Tu cuidador te ha tenido muy descuidado”.

¡Ay de las gentes religiosas que no conocen más mundo que aquel en el que viven y no tienen nada que aprender de las personas con las que hablan!

EL ELEFANTE Y LA RATA.

ANTHONY DE MELLO.

Se hallaba un elefante bañándose tranquilamente en un remanso, en mitad de la jungla, cuando, de pronto, se presentó una rata y se puso a insistir en que el elefante saliera del agua.

“No quiero”, decía el elefante. “Estoy disfrutando y me niego a ser molestado”.

“Insisto en que salgas ahora mismo”, le dijo la rata.

“¿Por qué?”, preguntó el elefante.

“No te lo diré hasta que hayas salido de ahí”, le respondió la rata.

“Entonces no pienso salir”, dijo el elefante.

Pero, al final, se dio por vencido. Salió pesadamente del agua, se quedó frente a la rata y dijo:
“Está bien; ¿para qué querías que saliera del agua?”.

“Para comprobar si te habías puesto mi bañador”, le respondió la rata.

Es infinitamente más fácil para un elefante ponerse el bañador de una rata que para Dios acomodarse a nuestras doctas ideas acerca de Él.

domingo, 29 de noviembre de 2009

EL MENDIGO SABIO.

EL MENDIGO SABIO.

(TAULERO)

Un estudioso rogó a Dios durante ocho años que le enseñara el camino de la verdad, un día oyó una voz del cielo que le dijo:

- Sal y vete a los escalones de la Iglesia; allí encontrarás a un hombre que te enseñará el camino de la verdad y de la alegría.

Sale, pues, y encuentra a un mendigo, cuyos pies estaban heridos, desnudos, llenos de barro, y sus vestidos no valían tres duros. Lo saluda diciendo:

- Qué Dios te conceda un buen día.

El mendigo le respondió:

- No me acuerdo haber tenido jamás un día malo.
- Qué Dios le haga feliz.
- No he sido jamás infeliz – respondió el hombre.
- Por favor, hable con más claridad –dijo el estudioso- porque no entiendo lo que dice.
- Usted me ha augurado un buen día, yo le he respondido que jamás he tenido uno malo; en efecto, cuando el hambre me atormenta, alabo a Dios; cuando recibo desprecio, alabo a Dios; si siento frío, si graniza, si nieva, alabo a Dios; por consiguiente, no he tenido jamás un día malo. Cualquier cosa que yo reciba de Dios, o que él permita que yo reciba de los otros, prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, la considero como una verdadera fortuna, y la acepto con alegría de su mano. Por esto no he sido jamás infeliz.

- Pero, ¿qué diría – preguntó el estudioso- si Dios quisiese arrojarlo a lo más profundo del abismo?

- Si Dios quisiese llegar a esto, me abrazaría estrechamente a él; así si quisiera arrojarme al infierno, tendría que venir conmigo; y yo preferiría estar en el infierno con él que en el cielo sin él.

- ¿De dónde viene? – preguntó aún el estudioso.

- Vengo de Dios.

- ¿Dónde lo has encontrado?

- En las criaturas.

- ¿Dónde habita?

- En los corazones puros y en los hombres de buena voluntad.

- ¿Qué es usted, pues?

- Soy rey.

- ¿Dónde está su reino?

- En mi alma.

El estudioso comprendió que el mendigo, por su conformidad con la voluntad de Dios, era más rico que los monarcas y más feliz que todos.

EL AGUIJÓN.

ANTHONY DE MELLO.

Hubo un santo que tenía el don de hablar el lenguaje de las hormigas.
Se acercó a una que parecía más enterada y le preguntó: “¿Cómo es el Todopoderoso?
¿Se parece de algún modo a las hormigas?”,

La docta hormiga le respondió: “¿El Todopoderoso?
En absoluto. Las hormigas, como puedes ver, tenemos un solo aguijón.
Pero el Todopoderoso tiene dos”.


Escena sugerida por el anterior cuento:
Cuando se le preguntó cómo era el cielo, la sabia hormiga replicó solemnemente: “Allí seremos igual que Él, con dos aguijones cada uno, aunque más pequeños”.

Existe una fuerte controversia entre las distintas escuelas de pensamiento religioso acerca de dónde exactamente se hallará ubicado el segundo aguijón en el cuerpo glorioso de la hormiga.

lunes, 23 de noviembre de 2009

EL CANTO DEL PÁJARO.

ANTHONY DE MELLO.

Los discípulos tenían multitud de preguntas que hacer acerca de Dios.

Les dijo el Maestro: “Dios es el Desconocido y el Incognoscible. Cualquier afirmación acerca de Él, cualquier respuesta a vuestras preguntas, no será más que una distorsión de la Verdad”.

Los discípulos quedaron perplejos: “Entonces, ¿por qué hablas sobre Él?”.

“¿ Y por qué canta el pájaro?”, respondió el Maestro.


El pájaro no canta porque tenga una afirmación que hacer. Canta porque tiene un canto que expresar.

Las palabras del alumno tienen que ser entendidas. Las del Maestro no tienen que serlo. Tan sólo tienen que ser escuchadas, del mismo modo que uno escucha el viento en los árboles y el rumor del río y el canto del pájaro, que despiertan en quien lo escucha algo que está más allá de todo conocimiento.

UNA VITAL DIFERENCIA.

ANTHONY DE MELLO.

Le preguntaron cierta vez a Uwais, el Sufí:

“¿Qué es lo que la Gracia te ha dado?”

Y les respondió:

“Cuando me despierto por las mañanas, me siento como un hombre que no está seguro de vivir hasta la noche”.

Le volvieron a preguntar:

“Pero esto, ¿no lo saben todos los hombres?”.

Y replicó Uwais:

“Sí, lo saben; pero no todos lo sienten”.

Jamás se ha emborrachado nadie a base de comprender intelectualmente la palabra VINO.

COME TU MISMO LA FRUTA.

ANTHONY DE MELLO.

En cierta ocasión se quejaba un discípulo a su Maestro:

“Siempre nos cuentas historias, pero nunca nos revelas su significado”.

El Maestro replicó:

“¿Te gustaría que alguien te ofreciera fruta y la masticara antes de dártela?”.

Nadie puede descubrir tu propio significado en tu lugar. Ni siquiera el Maestro.

lunes, 16 de noviembre de 2009

LOS PERROS Y LA ZORRA.

ESOPO.

Unos perros, encontrando la piel de un león, comenzaron a rasgarlo en pedazos con sus dientes. Una zorra, viéndolos, les dijo,

--Si ese león estuviera vivo, ustedes averiguarían pronto que las garras de él eran más fuertes que los dientes de ustedes.

LOS GANSOS Y LAS GRULLAS.

ESOPO.

Gansos y grullas se alimentaban en el mismo prado, cuando un cazador de pájaros vino para entramparlos en sus redes.

Las grullas, que por ser livianas eran ligeras de ala, huyeron lejos rápidamente; mientras los gansos, siendo más pesados en sus cuerpos y por lo tanto más lentos para empezar el vuelo, fueron capturados.

EL CABALLO Y EL ASNO.

ESOPO.

Un caballo, orgulloso de su parafernalia fina, encontró un asno en la carretera.

El asno, que iba pesadamente cargado, caminaba despacio por el camino.

--Apenas--, dijo el caballo, --puedo yo resistir a darte una patada con mis talones, pues veo que solamente sirves para manejar cargas.

El asno mantuvo su paciencia, y sólo hizo una petición silenciosa a la justicia de los dioses.

No mucho tiempo después el caballo tuvo problemas de salud, y su dueño lo envió a trabajar a la granja.

El asno, viéndolo jalar una pesada carreta, así se mofó de él:

--¿Dónde, oh jactancioso, está ahora toda tu alegre parafernalia, y quién eres ahora reducido a la condición de cargador, a la que tan recientemente me trataste con desprecio?'

LA MOSCA Y LA MULA DE TRANSPORTE.

ESOPO.

Una mosca sentada en el árbol de una carreta, se dirigió a la mula que la jalaba, diciéndole,

--¡Qué lenta que es usted! ¿Por qué no va más rápido? A ver si no la pincho en su cuello con mi picadura.

--La mula de transporte contestó,

--No me interesan sus amenazas; sólo pongo atención al que se sienta más arriba de donde está usted, y es quién acelera mi paso con su fusta, o me contiene con las riendas. Váyase lejos, por lo tanto, con su insolencia, ya que sé bien cuando debo ir rápida, y cuando debo ir lenta.

EL LOBO, LA ZORRA Y EL MONO.

ESOPO.

Un lobo acusó a una zorra de robo, pero la zorra, siendo en realidad inocente, negó totalmente la acusación.

Un mono se ofreció a juzgar el asunto entre ellos.

Cuando cada uno había declarado totalmente su caso, el mono dio esta sentencia:

--No pienso que usted, señor lobo, hubiera perdido lo que reclama; y usted, señora zorra, por sus antecedentes, creo que realmente robó lo que tan fuertemente niega."

EL PAVO REAL Y HERA.

ESOPO.

El Pavo real hizo la queja a Hera que, mientras el ruiseñor complacía cada oído con su canción, él mismo, apenas abría su boca, era el hazmerreír de todos quienes lo oían.

La diosa, para consolarlo, dijo,

-Pero tú eres excelentemente excedido en belleza y tamaño. El esplendor de la esmeralda brilla en tu cuello y despliegas una cola magnífica con el plumaje pintado.

--¿Pero con qué objetivo tengo yo,-- dijo la ave, --esta belleza muda mientras que soy superado en el canto?

--La función de cada uno,-- contestó Hera, --ha sido adjudicada por la voluntad de los destinos : a ti, belleza; al águila, fuerza; al ruiseñor, canto; al cuervo, augurios favorables, y a la corneja, augurios desfavorables. Y todos deben estar contentos por los atributos asignados.

EL ASNO Y EL LOBO.

ESOPO.

Un asno que se alimentaba en un prado vio a un lobo acercarse para agarrarlo, e inmediatamente pretendió ser cojo. El lobo, acercándose, preguntó la causa de su cojera.

El asno contestó que pasando por un seto él había puesto el pie sobre una espina aguda. Él solicitó al lobo que le sacara la espina, no sea que cuando se lo vaya a comer pudiera perjudicarle su garganta.

El lobo consintió y levantando en lo alto el pie del asno, daba su mente entera al descubrimiento de la espina, cuando en eso, el asno, con sus talones, dio una patada a los dientes del lobo en su boca y galopó lejos.

El lobo, siendo así terriblemente maltratado, dijo,

--Bien me pasa esto, por meterme en el arte de la curación, cuándo mi padre sólo me enseñó el oficio de carnicero.

EL JOVEN EN EL RÍO.

ESOPO.

Un muchacho que se bañaba en un río estaba en peligro de ahogarse. Pidió ayuda a un viajero que pasaba por allí, pero en vez de darle una mano de ayuda, el hombre estuvo parado indiferentemente, y reprendió al muchacho por su imprudencia.

--¡Ay, señor!-- gritó el joven, --por favor, ayúdeme ahora y repréndame después.

LA COMADREJA Y LOS RATONES.

ESOPO.

Una comadreja, inactiva por su edad y sus enfermedades, no era capaz de agarrar a ratones como antes lo hacía.

Por lo que se hizo rodar en harina simulando ser alimento y fue a posar en una esquina oscura. Un ratón, suponiendo que era comida, saltó sobre ella, y fue agarrado al instante y devorado.

Otro cayó de una manera similar, y luego un tercero, y todavía otros después de ellos.

Un ratón mayor muy experimentado, que había evitado muchas trampas y ratoneras, observó desde una distancia segura la trampa de su enemiga mañosa y dijo,

--¡Ah! ¡Tú incapaz que yaces allí, aunque estés llena de harina, siempre te reconoceré!

Y desde entonces ella no pudo volver a cazar más ratones.

LA ALONDRA Y SUS CRÍAS.

ESOPO.

Una alondra había hecho su nido a principios de la primavera en el joven trigo verde. Sus crías habían alcanzado casi todo su desarrollo y conocían el uso de sus alas y su cuerpo estaba ya lleno de plumas, cuando el dueño del campo, revisando su cosecha madura, dijo,

--Ha llegado el momento en que debo pedir a todos mis vecinos que me ayuden con la cosecha.

Una de las alondras jóvenes oyó su decir y lo relató a su madre, preguntándole a que lugar deberían moverse para su seguridad.

--No hay ninguna necesidad para moverse aún, mi hija-- contestó; --el hombre que busca a sus amigos para ayudarle con su cosecha no está realmente preparado.

El dueño del campo vino otra vez unos días más tarde y vio que el trigo empezaba a mostrar exceso de madurez. Él dijo,

--Vendré yo mismo mañana con mis trabajadores, y con tantas segadoras como pueda alquilar, y entraré a cosechar.

La alondra madre al oír estas palabras le dijo a sus hijas,

--Ahora si es el momeno para partir, mis pequeñas, ya que el hombre sí lo hará esta vez; él ya no pedirá a sus amigos manejarle su cosecha, sino que cosechará el campo él mismo.

LOS MONOS Y LOS DOS VIAJEROS.

ESOPO.

Dos hombres, uno quién siempre decía la verdad y el otro quién decía solamente mentiras, viajaban juntos y por casualidad vinieron a la tierra de los monos.

Uno de los monos, que había llegado a ser el rey, mandó que ellos fueran agarrados y traídos ante él, para saber saber que opinaban los hombres de él. Él pidió al mismo tiempo que arreglaran a todos los monos en una fila larga a su derecha y a su izquierda, y que colocaran un trono para él, como era la costumbre entre hombres. Después de estas preparaciones él dio aviso de que los dos hombres deberían ser traídos ya ante él, y los saludó con esta frase:

--¿Qué clase de rey les parezco ser, oh forasteros?

El Viajero Mentiroso contestó,

--Usted me parece el rey más poderoso que he conocido. -- contestó.

--¿Y cuál es su estimación de aquellos que usted ve alrededor mío?

--Éstos,-- respondió, --son compañeros dignos de usted, y sirven para ser embajadores y líderes de ejércitos.--

El mono rey y todo su tribunal, satisfecho con la mentira, mandaron que un hermoso presente fuera dado al adulador.

Entonces el viajero verídico pensó para sí,

--Si una recompensa tan grande fue dada para una mentira, ¿con que regalo no puedo ser recompensado, si, según mi costumbre, digo la verdad?--

El mono rey rápidamente le preguntó:

--Y a usted, ¿cómo le parecemos yo y mis amigos que están alrededor mío?

--Tú me pareces,-- dijo él, --simplemente un mono, y todos estos tus compañeros, después de ti, son monos igualmente.

El rey de los monos, enfurecido al oír esas verdades, lo entregó a los dientes y las garras de sus compañeros.

EL LADRÓN Y EL PERRO GUARDIÁN.

ESOPO.

Un ladrón vino por la noche para robar en una casa. Él trajo consigo varias rebanadas de carne a fin de pacificar al perro guardián, de modo que no alarmara a su patrón ladrando.

Cuando el ladrón le lanzó los pedazos de carne, el perro dijo,

--Si usted piensa callar mi boca, está completamente equivocado. Esta bondad repentina de sus manos sólo me hará más vigilante, no sea que bajo estos favores inesperados hacia mí, usted obtenga algunos beneficios especiales para llevar a cabo su propia ventaja, y para dañar a mi patrón.

EL CABALLO Y EL VENADO.

ESOPO.

En un tiempo el caballo tenía todo el pasto de la llanura solamente
para él.

Sucedió entonces que un venado se metió en su territorio y compartió su pasto. El caballo, deseando vengarse con el forastero, preguntó a un hombre si él quisiera ayudarle a castigar al venado.

El hombre contestó que si él aceptaba recibir un fierro en su boca y consentía en llevarlo contínuamente, él concebiría armas eficaces contra el venado.

El caballo aceptó lo solicitado. Y a partir de aquella hora él encontró que en vez de obtener venganza contra el venado, se había esclavizado al servicio de hombre.

EL MONO Y EL DELFÍN.

ESOPO.

Un marinero, comprometido en un viaje largo, llevó con él a un mono para divertirlo mientras estaba a bordo. Cuando estaban cerca de la costa de Grecia, una violenta tempestad se levantó y el barco fue arruinado, y el marinero, su mono, y todo el equipo fue obligado a nadar para salvar sus vidas.

Un delfín vio al mono competir con las olas, y suponiendo que él era un hombre (a quien siempre se dice que el delfín le ofrece amistad), vino y se colocó bajo él, llevándole en su espalda a la seguridad de la orilla.

Cuando el delfín llegó con su carga a la vista de la tierra no lejos de Atenas, le preguntó al mono si él era un Ateniense. Éste contestó que sí lo era, y que era descendiente de una de las familias más nobles en aquella ciudad. El delfín entonces preguntó si él conocía el Pireo (el famoso puerto de Atenas).

Pensando que se refería a un hombre, el mono contestó que lo conocía muy bien y que él era un amigo íntimo. El delfín, indignado por estas falsedades, dio media vuelta y retornó al mono al alta mar.

EL LOBO Y LA ZORRA.

ESOPO.

Una vez un lobo muy grande y fuerte nació entre los lobos, que excedió a todos sus compañeros del mismo tipo en fuerza, tamaño, y rapidez, de modo que ellos unánimemente decidieran llamarlo "León".

El lobo, con una carencia de sentido igual a su tamaño enorme, pensó que ellos le dieron este nombre por ser en verdad como un león, y, dejando su propia raza, se fue a vivir finalmente con los leones.

Una vieja zorra, viendo eso, le dijo,

--Es mi intención no llegar nunca a hacerme tan ridícula como usted lo hace con su orgullo y vanidad; porque aunque usted tiene el tamaño de un león entre lobos, pero en una manada de leones usted es y seguirá siendo definitivamente un lobo.

EL CUERVO Y LA ZORRA.

ESOPO.

Un cuervo que fallecía sediento vio una jarra, y esperando encontrar en ella agua, voló hacia allá con placer. Cuando la alcanzó, descubrió con pena que el nivel de su contenido no estaba a su alcance. Él intentó todo lo que podría pensar para poder llegar a donde se encontraba el nivel del agua, pero todos sus esfuerzos fueron en vano.

Por fin descubrió que coleccionando tantas piedras como él pudiera llevar, y dejándolas caer una tras otra con su pico dentro de la jarra, el agua subiría hasta llegar a poner su nivel dentro de su alcance y así pudo salvar su vida.

LA SERPIENTE Y EL ÁGUILA.

ESOPO.

Una serpiente y un águila luchaban entre sí en un conflicto mortal. La serpiente llevaba la ventaja, y estuvo a punto de estrangular a la ave.

Un campesino las vio, y corriendo, desenrrolló a la serpiente y dejó al águila salir libre. La serpiente, irritada por la fuga de su presa, inyectó su veneno en el cuerno de bebida del campesino.

El hombre, ignorante de su peligro, estuvo a punto de beber, pero en eso el águila bajó y le golpeó su mano con su ala, y, agarrando el cuerno de bebida en sus garras, se lo llevó a lo alto y lo derramó, salvándole así su vida.

EL LADRÓN Y EL POSADERO.

ESOPO.

Un ladrón alquiló un cuarto en una taberna y se quedó un tiempo con la esperanza de robar algo que debería permitirle pagar su cuenta.

Cuando ya había esperado algunos días en vano, vio al posadero vestido con un nuevo y hermoso abrigo y sentado junto a la puerta. El ladrón se sentó a su lado y habló con él. Cuando la conversación comenzó a decaer, el ladrón bostezó terriblemente y al mismo tiempo aulló como un lobo. El Posadero preguntó:

-- ¿Por qué aúlla usted tan terriblemente?

-- Le diré, -- dijo el ladrón -- pero primero permítame pedirle que sostenga mi ropa, o la despedazaré. No sé, señor, cuando fue que adquirí este hábito del bostezo, ni si estos ataques de aullidos fueron infligidos a mí como una condena por mis delitos, o por alguna otra causa; pero sí sé realmente, que cuando bostezo por tercera vez, me convierto en un lobo y ataco a los hombres.

Con este discurso él comenzó un segundo ataque de bostezo y otra vez aulló como un lobo, tal como lo hizo al principio. El posadero, habiendo oído su historia y creyendo todo lo que él dijo, se puso enormemente alarmado y, levantándose de su asiento, intentó escapar. El ladrón lo sostuvo por su lujoso abrigo y le suplicó que se detuviera, diciendo:

-- Por favor espere, señor, y sostenga mi ropa, o la despedazaré en mi furia, cuando me convierta en un lobo.

Al mismo momento él bostezó por tercera vez y produjo un aullido aún más terrible. El posadero, realmente asustado, no fuera a ser que él sería atacado, dejó su nuevo abrigo en las manos del ladrón y corrió tan rápido como podía hacia adentro de la posada para su seguridad. El ladrón entonces se largó con el abrigo, no pagó la cuenta y no volvió nunca más a la posada.

EL ÁGUILA, LA GATA Y LA CERDA SALVAJE.

ESOPO.

Un águila hizo su estancia en lo alto de un roble alto; una gata, habiendo encontrado un agujero conveniente, se asentó en el medio del tronco; y una cerda salvaje, con sus crías, tomó refugio en un hueco al pie del árbol.

La gata hábilmente resolvió a destruir esta comunidad casual. Para realizar su diseño, subió a la estancia del águila, y le dijo:

-- La destrucción viene para usted, y para mí también, lamentablemente. La cerda salvaje, a quien usted ve diariamente escarbando la tierra, desea desarraigar el roble, y entonces ella, en su caída, agarrará nuestras familias como alimento para sus crías.
Habiendo asustado así terriblemente al águila, ella se arrastró abajo a la cueva de la cerda, y le dijo:

-- Están sus crías en gran peligro; ya que tan pronto como usted sale con su basura para buscar alimento, el águila está lista para saltar sobre uno de sus pequeños cerdos.

Habiendo infundido este terror en la cerda, la gata se fue y simuló esconderse en el hueco del árbol. Cuando la noche vino ella salió adelante con pie silencioso y obtuvo el alimento para ella y sus gatitos, pero fingiendo tener miedo, ella guardó vigilancia hasta el final del día.

Mientras tanto, el águila, llena de terror por la cerda, se quedó quieta en las ramas, y la cerda, aterrorizada por lo dicho del águila, no se atrevió a salir de su cueva. Y así ambos, junto con sus familias, fallecieron de hambre, y se convirtieron en provisión amplia para la gata y sus gatitos.

LA ZORRA Y EL ERIZO.

ESOPO.

Una zorra que nadaba a través de un río rápido fue llevada por la fuerza de la corriente a un barranco muy profundo, donde quedó durante mucho tiempo muy magullada, enferma, e incapaz de moverse. Un enjambre de moscas hambrientas que chupan sangre se habían colocado sobre ella.

Un erizo, que pasó por ahí, vio su angustia y preguntó si él debería ahuyentar las moscas que la atormentaban.

-- De ningún modo -- contestó la zorra -- por favor no las molestes.

--¿Cómo es eso? -- dijo el erizo -- ¿no quiere usted ser librada de ellas?

-- No, -- respondió la zorra -- porque estas moscas que usted ve ya están llenas de sangre, y me pican, pero muy poco, y si usted me libra de éstas que ya están saciados, otras más hambrientos vendrán en su lugar, y terminarán de beber toda la sangre que aún me queda.

EL VENADO EL LOBO Y LA OVEJA.

ESOPO.

Un venado pidió a una oveja que le prestara una medida de trigo, y dijo que el lobo le daría su garantía.

La oveja, temiendo que hubiera fraude, se excusó, diciendo:

-El lobo está acostumbrado para tomar todo lo que él quiere y escaparse; y usted, también puede superarme rápidamente con su rápido correr. ¿Cómo entonces seré capaz de cobrarle cuando llegue el día del pago?-

EL TORO Y EL TERNERO.

ESOPO.

Un toro se esforzaba con toda su fuerza por apretarse para pasar por un paso estrecho que conducía a su puesto. Un ternero joven subió, y ofreció ir antes y mostrarle el modo por el cual él podría lograr pasar.

-Evítate el problema,- dijo el Toro; -yo sabía cómo hacerlo mucho antes de que tú nacieras.-

LA ROSA Y EL AMARANTO.

ESOPO.

Un amaranto plantado en un jardín cerca de un rosal, así se dirigía a él:

-¡Qué flor tan encantadora es la rosa, favorita tanto para Dioses como para hombres. Le envidio su belleza y su perfume!

El rosal le contestó:

-En efecto, querido amaranto, doy flores, ¡pero para una breve temporada! Y si ninguna mano cruel las desprende de mi tallo,
aún así fallecerán tempranamente. Pero tú eres inmortal y nunca te
descoloras, y siempre te presentas con renovada juventud.-

LA AVISPA Y LA SERPIENTE.

ESOPO.

Una avispa se asentó sobre la cabeza de una serpiente y, golpeándola incesantemente con sus picaduras, la hirió de muerte.

La serpiente, estando en el gran tormento y no sabiendo como librarse de su enemiga, vio venir un carro pesadamente cargado de madera, y fue deliberadamente a colocar su cabeza bajo las ruedas, diciendo:

-Al menos mi enemiga y yo falleceremos juntos.-

EL ARQUERO Y EL LEÓN.

ESOPO.

Un Arquero muy hábil fue a las montañas en busca de caza, pero todas las bestias del bosque escapaban cuando se acercaba. Sin embargo, un león, él solo, lo desafió para combatir.

El Arquero inmediatamente le lanzó una flecha y dijo al León:

-Envío a ti mi mensajero, que de él tú debes aprender lo que yo mismo te haré cuando te ataque finalmente.-

El León herido se largó a toda prisa con gran miedo, y cuando una zorra que había visto pasar todo esto le dijo que tuviera coraje y no se echara atrás en el primer ataque, él le contestó:

-Usted me aconseja en vano; ya que si él envía a un mensajero tan pequeño como muestra, ¿cómo soportaré yo el ataque final de ese hombre en forma completa?-

EL ASNO Y EL VIEJO PASTOR.

ESOPO.

Un pastor, mirando a su asno que se alimentaba en un prado, fue alarmado de repente por los gritos del enemigo. Él apeló al asno para huir rápido de allí junto con él, no fuera que ambos pudieran ser capturados, pero el animal perezosamente contestó:

-¿Por qué debería correr yo? ¿Piensa usted que probablemente el asaltante colocará en mí dos juegos de sillas?-

-No- contestó el pastor.

-Entonces,- dijo el asno, -mientras llevo la silla, ¿qué me importa a quien llevo encima?-

LOS ÁRBOLES Y EL HACHA.

ESOPO.

Un hombre entró en un bosque y pidió a los árboles que le proporcionaran un mango para su hacha. Los árboles consintieron en su petición y le dieron un fresno joven.

Apenas había el hombre encajado el nuevo mango del fresno a su hacha, cuando comenzó a usarlo y rápidamente taló con sus golpes los más nobles gigantes del bosque.

Un viejo roble, lamentándose cuando fue demasiado tarde de la destrucción de sus compañeros, dijo a un cedro vecino:

-El primer paso nos ha perdido a todos nosotros. Si hubiéramos tenido mejor previsión, podríamos haber retenido aún nuestros propios privilegios y haber estado de pie una eternidad.-

EL TORO LA LEONA Y EL CAZADOR.

ESOPO.

Un toro encontró a un pequeño león dormido y lo corneó hasta la muerte con sus cuernos. La Leona subió, y amargamente lamentó la muerte de su cachorro. Un cazador de jabalíes, viendo su angustia, estuvo de pie a una distancia y le dijo:

-Piensa cuántos hombres y mujeres hay que tienen razón de lamentar la pérdida de sus niños, cuyas muertes han sido causadas por ti.-

EL CABALLERO CALVO.

ESOPO.

Un caballero calvo, quien usaba una peluca, salió un día a cazar. De pronto un golpe de viento voló su sombrero y su peluca, lo que provocó un estallido de risas entre sus acompañantes.

Pero él, parando su caballo y con gran buen humor, se sumó al gozo diciendo:

- ¡Qué maravilla es que cabellos que no eran míos me abandonaran, cuando ellos también ya habían hecho lo mismo con el hombre en el cual crecieron.-

LA LIEBRE Y EL PERRO CORREDORES.

ESOPO.

Un perro perseguía afanosamente a una liebre, pero al cabo de una larga carrera, se dio por vencido. Un pastor que lo vio parar, se mofaba de él diciéndole:

-Esa pequeñita es la mejor corredora de los dos-.

Pero el perro replicó:

-Es que tú no ves la diferencia entre nosotros. Yo sólo corría por algo para la cena, pero ella corría por su vida.-

EL RATÓN Y EL TORO.

ESOPO

Un toro fue mordido por un ratón, y enfadado por la herida, intentó capturarlo.

Pero el ratón alcanzó su seguridad en su agujero.

Aunque el toro cavó en las paredes con sus cuernos, se cansó antes de que pudiera alcanzar al ratón, y poniéndose de cuclillas, se quedó durmiento fuera del agujero.

El ratón se asomó, se arrastró furtivamente hacia su flanco, y mordiéndolo otra vez, se retiró de nuevo a su agujero.

El toro se levantó, y no sabiendo que hacer, quedó tristemente perplejo.

Entonces el ratón dijo,

-Los grandes no siempre prevalecen. Hay momentos cuando los pequeños y humildes son los más fuertes para hacer sus actuaciones.-

EL LUCHADOR Y LA PULGA.

ESOPO.

Una pulga estaba colocada sobre el pie desnudo de un luchador y lo mordía, haciendo al hombre llamar en voz alta a Hércules para que le ayudara.

Cuando la Pulga por segunda vez saltó sobre su pie y lo mordió, él gimió y dijo,

-¡Oh Hércules! ¿Si usted no me ayuda contra una pulga, cómo puedo esperar su ayuda contra mayores antagonistas?-

EL MONO Y LOS PESCADORES.

ESOPO.

Un mono sentado sobre la rama de un árbol alto vio a algunos pescadores echar sus redes en un río, y atentamente miro sus actuaciones.

Los pescadores al ratito dejaron la pesca, y fueron a su casa por la comida dejando sus redes sobre el banco.

El mono, que es el más imitativo de los animales, bajó de la rama y procuró hacer cuanto ellos habían hecho.

Tomó la red y la lanzó en el río, pero se enredó entre las mallas, cayó al agua y empezó a ahogarse.

Con su último aliento él se dijo,
-Lo tengo correctamente merecido; ¿con qué fin tenía yo, que nunca había manejado una red, intentar agarrar un pescado?-

EL PAJARERO LA PERDIZ Y EL GALLO.

ESOPO.

Un pajarero estaba a punto de sentarse para una comida de hierbas. La trampa para aves estaba completamente vacía, pues no había agarrado nada, y pensó en matar una perdiz de varios colores, que él había domado para usarla de señuelo.

El ave suplicaba seriamente por su vida:

-¿Qué haría usted sin mí cuándo extiende sus redes? ¿Quién le piaría para dormirlo, o quién llamaría al grupo de aves para que lleguen? -

El pajarero le salvó su vida, y determinó elegir a un joven gallo fino que de improviso llegó.

Pero el gallo protestó en tonos lastimosos:

-¿Si usted me mata, quién le anunciará la llegada del alba? ¿Quién le despertará para ir a sus tareas diarias o quién le dirá cuándo es el momento para visitar la trampa de aves por la mañana?-

Él contestó,

-Lo que usted dice es verdadero. Usted es una ave de capital importancia en la narración del transcurso del tiempo de cada día. Pero mi amigo y yo debemos tener nuestras comidas.-

EL JABALÍ Y LA ZORRA.

ESOPO.

Un Jabalí estaba de pie bajo un árbol frotando sus colmillos contra el tronco.

Una zorra que pasaba por allí le preguntó por qué él afilaba sus dientes cuando no había ningún peligro inminente de amenaza de cazador o de sabueso.

Él contestó,

-Lo hago deliberadamente; ya que así nunca tendría que afilar mis armas justo en el momento que debería usarlas."

EL ROBLE Y LAS CAÑAS.

ESOPO.

Un roble muy grande, pero con raíces muy pobres, fue desarraigado por el viento y lanzado a través de una corriente.

El cayó entre algunas cañas, a las cuales así se dirigió:

-Me pregunto como ustedes, que son tan ligeras y débiles, no han sido completamente aplastadas por estos fuertes vientos.-

Ellas contestaron,

-Sin tener buenas raíces, usted lucha y compite contra el viento, y por consiguiente es derribado; mientras que por el contrario, nosotras nos doblegamos ante el menor soplo de aire, y por lo tanto permanecemos intactas, y nos salvamos.-

EL ASNO Y SUS AMOS.

ESOPO.

Un asno, perteneciente a un vendedor de hierbas que le daba muy poco alimento y demasiado trabajo, le hizo una petición a Zeus para ser liberado de su servicio presente y ser pasado a otro amo.

Zeus, después de advertirle que se arrepentiría de su petición, hizo que fuera vendido a un fabricante de azulejos.

Poco después, encontrando que él tenía cargas más pesadas para llevar y trabajo más difícil en este nuevo campo, él solicitó otro cambio de amo.

Zeus, diciéndole que esta sería la última vez que él podría conceder su petición, ordenó ser vendido a un curtidor.

El asno encontró que había caído en peores manos, pues al notar la ocupación de su maestro, dijo, lamentándose:

-Habría sido mejor para mí para haber sido privado de comida, o haber sido abusado por el otro de mis antiguos amos, que haber sido comprado por mi dueño presente, que después de muerto secará mi piel y así le seguiré siendo útil aunque ya yo no esté presente."

EL ASNO Y SU SOMBRA.

ESOPO.

Un viajero alquiló un Asno para llevarle a un lugar distante.

Estando el día sumamente caliente, y el sol brillando con fuerza, el viajero se paró para descansar, y buscó refugio del calor bajo la sombra del asno.

Como esto solamente permitía protección para una persona, tanto el viajero como el dueño del asno reclamaron dicha sombra, y una disputa violenta se levantó entre ellos en cuanto a decidir cuál de los dos tenía el derecho.

El dueño mantuvo que él había alquilado sólo al asno, y no a él con su sombra.

El viajero afirmó que él, con el alquiler del asno, había alquilado su sombra también.

La pelea progresó de palabras a golpes, y mientras los hombres lucharon, el asno galopó lejos.

EL HERRERO Y SU PERRO.

ESOPO.

Un herrero tenía un pequeño perro, que era un gran favorito para su amo, y su compañero constante.

Mientras él martilleaba sus metales el perro permanecía dormido; pero cuando, por otra parte, el herrero iba a la comida y comenzaba a comer, el perro se despertaba y meneaba su cola, como pidiendo una parte de su comida.

Su amo un día, fingiendo estar enojado y golpeándolo suavemente con su palo, le dijo,

-¡Usted pequeño holgazán desgraciado! ¿qué le haré? Mientras martillo en el yunque, usted duerme en la estera; y cuando comienzo a comer después de mi trabajo duro, usted se despierta y menea su cola pidiendo el alimento. ¿No sabe usted que el trabajo es la fuente de cada bendición, y que ninguno, sólo aquellos que trabajan tienen derecho a comer?-

LOS VIAJEROS EN LA COSTA.

ESOPO.

Algunos viajeros, que viajaban a lo largo de la costa del mar, subieron a la cumbre de un alto acantilado, y dirigiendo su mirada hacia el mar, vieron en la distancia lo que ellos pensaron era un barco grande.

Ellos esperaron con la esperanza de que aquello entrara a la bahía, pero a medida que el objeto se acercaba a la costa, supusieron que más bien se trataba de una pequeña barca.

Cuando sin embargo, el objeto alcanzó la playa, descubrieron que sólo era un haz grande de leña y palos, y uno de ellos dijo a sus compañeros,

-Hemos esperado inútilmente, pues después de todo no hay nada para ver sino una carga de madera.-

viernes, 13 de noviembre de 2009

EL LEÓN MORIBUNDO.

ESOPO.

Un león, desgastado con los años e impotente ante su enfermedad, yace en la tierra a punto de muerte.

Un jabalí se precipitó sobre él, y vengó con un golpe de sus colmillos una herida mucho tiempo atrás recibida.

Poco después el toro con sus cuernos lo corneó como a un enemigo.

Cuando el asno vio que la bestia enorme podría ser atacada impunemente, él lo pateó en su frente con sus talones.

El León, que expiraba dijo,

-He tolerado de mala gana los insultos de los valientes, pero ser obligado a soportar tal tratamiento de ti, que eres una desgracia de la Naturaleza, es en efecto sufrir una doble muerte.-

EL BUEY Y LA RANA.

ESOPO.

Un buey que llegó a beber a una charca donde había un grupo de ranas jóvenes, pisó y aplastó a una de ellas matándola.

Cuando llegó la madre y notó la ausencia de una de sus hijas, preguntó a sus hermanas qué había pasado con ella.

"Está muerta, madre querida; ya que ahora mismo una bestia muy enorme con cuatro grandes patas vino a la charca y la aplastó de muerte con su talón hendido."

La madre, hinchándose al máximo, preguntó,

-¿Si la bestia fuera tan grande como este tamaño?-

-Para, madre, de hincharte-, dijo una hija, -y no te enojes; ya que puedo asegurarte que más pronto te reventarás que imitar con éxito la inmensidad de aquel monstruo."

EL VIENTRE Y LOS MIEMBROS.

ESOPO.

Los miembros del cuerpo se rebelaron contra el vientre, y le dijeron,

-¿Por qué deberíamos estar permanentemente contratados en conseguir sus deseos, mientras usted toma su descanso, y se divierte en lujo y autoindulgencia?-

Los miembros realizaron su resolución y negaron su ayuda al vientre.

Entonces el cuerpo entero rápidamente se debilitó, y las manos, pies, boca, ojos, y todos los demás, cuando ya fue demasiado tarde, se arrepintieron de su locura.

EL CABALLO DE GUERRA.

ESOPO.

Un caballo de guerra, al que se le presentaban las enfermedades de los mayores de edad, fue enviado para trabajar en una granja en vez de salir para luchar.

Pero cuándo lo obligaron para transportar la hierba en vez de servir con las guerras, él lamentó su cambio de fortuna y trajo a la memoria su antiguo estado, diciendo,

-¡Ay agricultor!, en efecto yo iba a las campañas antes, y yo era alistado elegantemente, y un hombre iba a cepillarme; y ahora no puedo entender lo que me pasó para que me trajeran a la granja en lugar de a la batalla.-

-No sigas-, le dijo el agricultor, -soñando con lo que fueron tiempos anteriores, ya que es parte común de todos los mortales sostener los altibajos de fortuna."

EL CUERVO Y EL CISNE.

ESOPO.

Un cuervo vio un Cisne y deseó obtener para él ese mismo plumaje hermoso.

Y al suponer que el color blanco espléndido del Cisne provenía de su diario lavado en el agua en la cual él nadaba, el cuervo dejó los altares de la vecindad donde él llevó su vida, y tomó su nueva residencia en los lagos y lagunas.

Pero a pesar de limpiar sus plumas tan a menudo como él podía, no pudo cambiarles su color.

Y tan ocupado estaba en su deseo, que por no salir en busca del alimento, falleció.

LA MONTAÑA POR DAR A LUZ.

ESOPO.

Una montaña estuvo enormemente agitada una vez.

Ruidos y gemidos fuertes fueron oídos, y muchedumbres de personas vinieron de todas partes para ver que era lo que ocurría.

Mientras ellos estaban a la expectativa, pensando que habría una calamidad terrible, lo que de pronto salió fue un ratón.

LOS MONOS BAILARINES.

ESOPO.

Un Príncipe tenía algunos Monos entrenados para bailar.

Siendo naturalmente grandes imitadores de las acciones de los hombres, ellos demostraron ser unos alumnos apropiados, y cuando los vestían con su ropa y máscaras, ellos bailaban tan bien como cualquiera de los cortesanos.

El espectáculo a menudo era repetido con grandes aplausos, hasta que en una ocasión a un cortesano se le ocurrió una travesura, y tomó de su bolsillo un puñado de nueces y los lanzó sobre ellos.

Los monos a la vista de las nueces olvidaron su baile y se pusieron a actuar como en efecto ellos eran, monos en vez de actores.

Quitándose sus máscaras y rompiendo sus trajes, lucharon el uno contra el otro por las nueces.

El espectáculo del baile llegó así a un final entre la risa y la burla del auditorio.

EL TORO Y EL CHIVO.

ESOPO.

Un Toro, que huía de un León, se escondió en una cueva que algunos pastores habían ocupado recientemente.

Tan pronto como él entró a la cueva, un chivo que había quedado abandonado en la cueva, bruscamente lo atacó con sus cuernos. El Toro serenamente se dirigió a él:

-Deja de ponerme como tu objetivo lo más pronto que puedas. No te tengo ningún miedo, pero sí al León. Espera a que se marche aquel monstruo y te contaré lo que es la fuerza respectiva de un Chivo y la de un Toro.-

EL ASNO Y LOS SALTAMONTES.

ESOPO.

Un asno que habiendo oído el gorjeo de los saltamontes, quedó muy encantado; y deseando poseer los mismos encantos de su melodía, les preguntó con que clase de alimento ellos vivían para darles voces tan hermosas.

Ellos contestaron,

-Con el rocío.-

El Asno resolvió que él viviría sólo con el rocío, y al cabo de poco tiempo murió de hambre.

LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO.

ESOPO.

Un granjero y su esposa tenían una gallina que ponía un huevo de oro cada día.

Supusieron que la gallina debería contener un gran terrón del oro en su interior, y para tratar de conseguirlo de una sola vez, la mataron.

Haciéndolo así pues, encontraron para su sorpresa que la gallina se diferenciaba en nada de sus otras gallinas.

El par de ingenuos, esperando llegar a ser ricos de una sola vez, se privaron en adelante del ingreso del cual se habían asegurado día por día.

LAS LIEBRES Y LOS LEONES.

ESOPO.

Las liebres arengaban en la asamblea y argüían que todos deberían ser iguales. Los leones entonces replicaron:

-Sus palabras, señoras liebres, son buenas, pero carecen de garras y colmillos como los que tenemos nosotros.

EL VIEJO PERRO CAZADOR.

ESOPO.

Un viejo perro cazador, que en sus días de juventud y fortaleza jamás se rindió ante ninguna bestia de la foresta, encontró en sus ancianos días un jabalí en una cacería. Y lo agarró por la oreja, pero no pudo retenerlo por la debilidad de sus dientes, de modo que el jabalí escapó.

Su amo, llegando rápidamente, se mostró muy disgustado, y groseramente reprendió al perro.

El perro lo miró lastimosamente y le dijo:

-Mi amo, mi espíritu está tan bueno como siempre, pero no puedo sobreponerme a mis flaquezas del cuerpo. Yo prefiero que me alabes por lo que he sido, y no que me maltrates por lo que ahora soy.

EL ASNO QUE CARGABA UNA IMAGEN.

ESOPO.

Una vez le correspondió a un asno cargar una imagen de un dios por las calles de una ciudad para ser llevada a un templo. Y por donde él pasaba, la multitud se postraba ante la imagen.

El asno, pensando que se postraban en respeto hacia él, se erguía orgullosamente, dándose aires y negándose a dar un paso más.

El conductor, viendo su decidida parada, lanzó su látigo sobre sus espaldas y le dijo:

-¡Oh, cabeza hueca, todavía no ha llegado la hora en que los hombres adoren a los asnos!

EL LOBO Y LOS PASTORES CENANDO.

ESOPO.

Un lobo que pasaba cerca de un palenque, vio allí a unos pastores que cenaban las carnes de un cordero. Acercándoseles, les dijo:

-¡Qué escándalo habría ya si fuera yo quien estuviera haciendo lo que ustedes hacen!

LOS TRES PROTECTORES.

ESOPO.

Una gran ciudad estaba siendo sitiada, y sus habitantes se reunieron para considerar el mejor medio de protegerse.

Un ladrillero acaloradamente recomendaba a los ladrillos como la mejor adquisición para la más efectiva resistencia.

Un carpintero, con igual entusiasmo, proponía la madera como un método preferible para la defensa.

En eso un curtidor de cueros se levantó y dijo:

-Compañeros, yo difiero de todos ustedes, y advierto que por nada cambiaré de opinión. Les afirmo que están muy equivocados: para resistir, no existe nada mejor que el cubrirse con pieles, y para eso nada tan bueno como los cueros.

EL ASNO JUGUETÓN.

ESOPO.

Un asno se subió al techo de una casa y brincando allá arriba, resquebrajó el techado. Corrió el dueño tras de él y lo bajó de inmediato, castigándolo severamente con un leño. Dijo entonces el asno:

-¿Por qué me castigan, si yo vi ayer al mono hacer exactamente lo mismo y todos reían felizmente, como si les estuviera dando un gran espectáculo?

LOS RÍOS Y EL MAR.

ESOPO.

Se juntaron los ríos para quejarse ante el mar diciéndole:

-¿Por qué si nosotros te entregamos agua dulce y potable, haces tal trabajo, que conviertes nuestras aguas en saladas e imposibles de beber?

El mar, percibiendo que querían echarle la culpa del asunto, dijo:

- Por favor, dejen de darme agua y entonces ya no volverán a salarse sus aguas.

EL ASNO, EL GALLO Y EL LEÓN.

ESOPO.

Estaban un gallo y un asno en un pastizal cuando llegó un hambriento león. Y ya iba el león a tirarse encima del asno, cuando el gallo, cuyo cantar se dice que aterroriza a los leones, gritó fuertemente, haciendo salir corriendo al león tan rápido como pudo.

El asno al ver el impacto que un simple canto del gallo realizaba, se llenó de coraje para atacar al león, y corrió tras de él con ese propósito.

No había recorrido mayor distancia cuando el león se volvió, lo atrapó y lo seccionó en pedazos.

EL PASTOR Y EL MAR.

ESOPO.

Un pastor que cuidaba su rebaño en las costas, veía al mar muy calmado y suave, y planeaba con hacer un viaje de comercio.

Entonces vendió todo su rebaño y lo invirtió en un cargamento de dátiles, y se echó a la mar. Pero vino una fuerte tempestad, y estando en peligro de hundirse la nave, tiro por la borda toda la mercancía, y escasamente escapó con vida en la barca vacía.

No mucho tiempo después cuando alguien pasaba y observaba la ordenada calma del mar, él le interrumpía y le decía:

-De nuevo está el mar deseando dátiles y por eso luce calmado.

LA VIUDA Y SU OVEJA.

ESOPO.

Una pobre viuda tenía una única oveja. Al tiempo de la trasquila, y deseando tomar su lana en forma económica, la trasquiló ella misma, pero usaba la herramienta en tan mala forma que junto con la lana le cortaba también la carne. La oveja acongojada y con dolor, le dijo:

-¿Por qué me maltratas así, ama? ¿En que te puede beneficiar el agregar mi sangre a la lana? Si quieres mi carne, llama al carnicero quien me matará al instante sin sufrimiento, pero si lo que deseas es mi lana, ahí está el esquilador, quien me esquilará sin herirme.

LAS PALOMAS EL MILANO Y EL HALCÓN.

ESOPO.

Unas palomas, aterrorizadas por la presencia de un milano, llamaron al halcón para que las defendiera.

Inmediatamente él aceptó.

Cuando ya ellas lo habían admitido dentro de su palomar, se dieron cuenta de que hacía mucho más estragos y matanzas en un día, que lo que haría un milano en un año.

EL CIERVO EN EL PESEBRE DE LOS BUEYES.

ESOPO.

Un ciervo perseguido por la jauría y ciego por el terror del peligro en que se encontraba llegó a una granja y se escondió entre unas pajas en un cobertizo para bueyes. Un buey amablemente le dijo:

-¡Oh, pobre criatura! ¿Por qué de esa forma, has decidido arruinarte, y venir a confiarte a la casa de tu enemigo?

Y replicó el ciervo:

-Permíteme amigo, quedarme donde estoy, y yo esperaré la mejor oportunidad para escapar.

Al final de la tarde llegó el arriero a alimentar el ganado, pero no vio al ciervo. Y aún el administrador de la finca pasó con varios de sus empleados sin notar su presencia. El ciervo congratulándose a sí mismo por su seguridad comenzó a agradecer a los bueyes su gentileza por la ayuda en los momentos de necesidad. Uno de los bueyes de nuevo le advirtió:

-Realmente deseamos tu bienestar, pero el peligro no ha terminado. Todavía falta otro hombre de revisar el establo, que pareciera que tiene cien ojos, y hasta tanto, no puedes estar seguro.

Al momento ingresó el dueño, y quejándose de que no habían alimentado bien a los bueyes fue al pajar y exclamó:

-¿Por qué falta paja aquí? Ni siquiera hay para que se echen.

-¡Y esos vagos ni siquiera limpiaron las telarañas!

Y mientras seguía examinando todo, vio sobresalir de entre la paja las puntas de una cornamenta. Entonces llamando a sus empleados, ordenó la captura del ciervo y su posterior sacrificio.

LA ANCIANA Y EL RECIPIENTE DE VINO.

ESOPO.

Una anciana encontró un recipiente vacío que había sido llenado con el mejor de los vinos y que aún retenía la fragancia de su antiguo contenido.

Ella insaciablemente lo llevaba su nariz, y acercándolo y alejándolo decía:

-¡Que delicioso aroma¡ ¡Qué maravilloso debió haber sido el vino que dejó en su vasija tan encantador perfume¡

EL CAZADOR Y EL PESCADOR.

ESOPO.

Regresaba un cazador con sus perros y su producto, cuando topó con un pescador que también regresaba de su pesca, ambos con sus cestas llenas.

Deseó el cazador tener los peces, y el dueño de los peces, las carnes. Pronto convinieron en intercambiarse las cestas. Los dos quedaron tan complacidos de su trato que durante mucho tiempo lo siguieron haciendo día a día.

Finalmente un vecino les aconsejó:

-Si siguen así, llegará el momento en por tan frecuente intercambio, arruinarán el placer de ello, y cada uno deseará quedarse solamente con lo que obtuvo.

LOS DOS RECIPIENTES.

ESOPO.

Arrastraba un río en sus aguas a dos recipientes, uno de barro cocido y otro de bronce. El de barro le dijo al de bronce:

-Por favor mantente a distancia de mí, pues si me tocas aunque sea suavemente, me haré pedazos. Y además, de ninguna manera deseo estar cerca de ti.

EL LADRÓN Y SU MADRE.

ESOPO.

Un joven adolescente robó un libro a uno de sus compañeros de escuela y se lo mostró a su madre. Ella no solamente se abstuvo de castigarlo, sino más bien lo estimuló. A la siguiente oportunidad se robó una capa y se la llevó a su madre quien de nuevo lo alabó.

El joven creció y ya adulto fue robando cada vez cosas de más valor hasta que un día fue capturado en el acto, y con las manos atadas fue conducido al cadalso para su ejecución pública.

Su madre lo siguió entre la multitud y se golpeaba violentamente su pecho de tristeza. Al verla el ladrón dijo:

-Deseo decirle algo a mi madre en su oído.

Ella acercó su oído a él, y éste rápidamente mordió su oreja cortándosela. Su madre le reclamó que era un hijo desnaturalizado, a lo que él replicó:

-¡Ah! Si me hubieras reprendido en mi primer robo del libro aquel, nunca hubiera llegado a esto y ser condenado a una ingrata muerte.

martes, 10 de noviembre de 2009

LA GOLONDRINA, LA SERPIENTE Y LA CORTE.

ESOPO.

Una golondrina que retornaba de su largo viaje, se encontraba feliz de convivir de nuevo entre los hombres.

Construyó entonces su nido sobre el alero de una pared de una Corte de Justicia y allí incubó y cuidaba a sus polluelos. Pasó un día por ahí una serpiente, y acercándose al nido devoró a los indefensos polluelos. La golondrina al encontrar su nido vacío se lamentó:

-Desdichada de mí, que en este lugar donde protegen los derechos de los demás, yo soy la única que debo sufrir equivocadamente.

EL PADRE Y SUS DOS HIJAS.

ESOPO.

Un padre tenía dos hijas. Una casó con un hortelano y la otra con un fabricante de ladrillos. Al cabo de un tiempo fue a visitar a la casada con el hortelano, y le preguntó sobre su situación. Ella dijo:

-Todo está de maravilla conmigo, pero sí tengo un deseo especial: que llueva todos los días con abundancia para que así las plantas tengan siempre suficiente agua.

Pocos días después visitó a su otra hija, también preguntándole sobre su estado. Y ella le dijo:

-No tengo quejas, solamente un deseo especial: que los días se mantengan secos, sin lluvia, con sol brillante, para que así los ladrillos sequen y endurezcan muy bien.

El padre meditó: si una desea lluvia, y la otra tiempo seco, ¿a cual de las dos le adjunto mis deseos?

EL PASTOR Y EL JOVEN LOBO.

ESOPO.

Encontró un pastor un joven lobo y se lo llevó. En seguida le enseñó como robar ovejas de los rebaños vecinos. Y el lobo, ya crecido y demostrándose como un excelente alumno, dijo al pastor:

-Puesto que me has enseñado muy bien a robar, pon buena atención en tu vigilancia, o perderás parte de tu rebaño también.

ANDROCLES Y EL LEÓN.

ESOPO.

Un esclavo llamado Androcles tuvo la oportunidad de escapar un día y corrió hacia la foresta.

Y mientras caminaba sin rumbo llegó a donde yacía un león, que gimiendo le suplicó:

-Por favor te ruego que me ayudes, pues tropecé con un espino y una púa se me enterró en la garra y me tiene sangrando y adolorido.

Androcles lo examinó y gentilmente extrajo la espina, lavó y curó la herida.El león lo invitó a su cueva donde compartía con él el alimento.

Pero días después, Androcles y el león fueron encontrados por sus buscadores.Llevado Androcles al emperador fue condenado al redondel a luchar contra los leones.

Una vez en la arena, fue suelto un león, y éste empezó a rugir y buscar el asalto a su víctima. Pero a medida que se le acercó reconoció a su benefactor y se lanzó sobre él pero para lamerlo cariñosamente y posarse en su regazo como una fiel mascota. Sorprendido el emperador por lo sucedido, supo al final la historia y perdonó al esclavo y liberó en la foresta al león.

EL JOVEN PASTOR ANUNCIANDO AL LOBO.

ESOPO.

Un joven pastor, que cuidaba un rebaño de ovejas cerca de una villa, alarmó a los habitantes tres o cuatro veces gritando

-¡El lobo, el lobo!

Pero cuando los vecinos llegaban a ayudarle, se reía viendo sus preocupaciones. Mas el lobo, un día de tantos, sí llegó de verdad. El joven pastor, ahora alarmado él mismo, gritaba lleno de terror:

- Por favor, vengan y ayúdenme; el lobo está matando a las ovejas.

Pero ya nadie puso atención a sus gritos, y mucho menos pensar en acudir a auxiliarlo. Y el lobo, viendo que no había razón para temer mal alguno, hirió y destrozó a su antojo todo el rebaño.

ZEUS Y LA MONA MADRE.

ESOPO.

Hizo Zeus una proclama a todos los animales prometiendo una recompensa a quien su hijo sea juzgado como el más guapo.

Vino entonces la señora mona junto con los demás animales y presentó, con toda la ternura de madre, un monito con nariz chata, sin pelo, y enfermizo, como su candidato para ganar el premio.

Una gran risa fue el saludo general en su presentación. Y ella orgullosamente dijo:

-Yo no sé si Zeus pondrá su premio sobre mi hijo, pero sí sé muy bien, de que al menos en mis ojos, los de su madre, él es el más querido, el más guapo y bello de todos.

LA VIÑA Y LA CABRA.

ESOPO.

Una viña se encontraba exuberante en los días de la cosecha con hojas y uvas. Una cabra que pasaba por ahí mordisqueó sus zarcillos y tiernas hojas. La viña le reclamó:

-¿Por qué me maltratas sin causa y comes mis hojas? ¿No ves que hay zacate suficiente? Pero no tendré que esperar demasiado por mi venganza, pues si sigues comiendo mis hojas y me maltratas hasta la raíz, yo proveeré el vino que echarán sobre ti cuando seas la víctima del sacrificio.

LOS RATONES PONIENDO EL CASCABEL AL GATO.

ESOPO.

Un hábil gato hacía tal matanza de ratones, que apenas veía uno, era cena servida. Los pocos que quedaban, sin valor para salir de su agujero, se conformaban con su hambre. Para ellos, ese no era un gato, era un diablo carnicero. Una noche en que el gato partió a los tejados en busca de su amor, los ratones hicieron una junta sobre su problema más urgente.

Desde el principio, el ratón más anciano, sabio y prudente, sostuvo que de alguna manera, tarde o temprano, había que idear un medio de modo que siempre avisara la presencia del gato y pudieran ellos esconderse a tiempo. Efectivamente, ese era el remedio y no había otro. Todos fueron de la misma opinión, y nada les pareció más indicado.

Uno de los asistentes propuso ponerle un cascabel al cuello del gato, lo que les entusiasmó muchísimo y decían sería una excelente solución.Sólo se presentó una dificultad: quién le ponía el cascabel al gato.

-- ¡Yo no, no soy tonto, no voy!
-- ¡Ah, yo no sé cómo hacerlo!

En fin, terminó la reunión sin adoptar ningún acuerdo.

LA LECHERITA.

ESOPO.

La hija de un granjero llevaba un recipiente lleno de leche a vender al pueblo, y empezó a hacer planes futuros:

-Cuando venda esta leche, compraré trescientos huevos. Los huevos, descartando los que no nazcan, me darán al menos doscientos pollos. Los pollos estarán listos para mercadearlos cuando los precios de ellos estén en lo más alto, de modo que para fin de año tendré suficiente dinero para comprarme el mejor vestido para asistir a las fiestas donde todos los muchachos me pretenderán, y yo los valoraré uno a uno.-

Pero en ese momento tropezó con una piedra, cayendo junto con la vasija de leche al suelo, regando su contenido. Y así todos sus planes acabaron en un instante.

EL NIÑO Y EL GUSANO DE ORTIGA.

ESOPO.

Un niño fue herido por un gusano de ortiga. Corrió a su casa y dijo a su madre:

- Me ortigó fuertemente, pero yo solamente lo toqué con suavidad.

- Por eso te ortigó – dijo la madre -, la próxima vez que te acerques a un gusano de esos, agárralo con decisión, sin caricias, y entonces será tan suave como seda, y no te maltratará de nuevo.

LOS BUEYES CONTRA LOS CARNICEROS.

ESOPO.

Decidieron un día los bueyes destruir a los carniceros, quienes, decían los bueyes, estaban acabando con su gremio.

Se reunieron entonces para llevar a cabo su objetivo, y afilaron finamente sus cuernos.

Pero uno de ellos, el más viejo, un experimentado arador de tierras, les dijo:

- Esos carniceros, es cierto, nos matan y destrozan, pero lo hacen con manos preparadas, y sin causarnos dolor. Si nos deshacemos de ellos, caeremos en manos de operadores inexpertos y entonces sí que sufriríamos una doble muerte. Y les aseguro, que aunque ya no haya ni un solo carnicero, los humanos seguirán buscando nuestra carne.

EL MERCADER DE SAL Y EL ASNO.

ESOPO.

Llevó un mercader a su asno a la costa para comprar sal.

En el camino de regreso a su pueblo pasaban por un río, en el cual, en un hueco, su asno resbaló mojando su carga. Cuando se levantó sintió aliviado su peso considerablemente, pues bastante de la sal se había diluido.

Retornó el mercader de nuevo a la costa y cargó más sal que la vez anterior.

Cuando llegaron otra vez al río, el asno se tiró de propósito en el mismo hoyo en que había caído antes, y levantándose de nuevo con mucho menos peso, se enorgullecía triunfantemente de haber obtenido lo que buscó.

Notó el comerciante el truco del asno, y por tercera vez regreso a la costa, donde esta vez compró una carga de esponjas en vez de sal.

Y el asno, tratando de jugar de nuevo a lo mismo, se tiro en el hueco del río, pero esta vez las esponjas se llenaron de agua y aumentaron terriblemente su peso.

Y así el truco le rebotó al asno, teniendo que cargar ahora en su espalda más del doble de peso.

EL CIERVO ENFERMO Y SUS VISITANTES.

ESOPO.

Yacía un ciervo enfermo en una esquina de su terreno de pastos.

Llegaron entonces sus amigos en gran número a preguntar por su salud, y mientras hablaban, cada visitante mordisqueaba parte del pasto del ciervo.

Al final, el pobre ciervo murió, no por su enfermedad sino porque no ya no tenía de donde comer.

LOS JÓVENES Y LAS RANAS.

ESOPO.

Varios jóvenes, jugando cerca de un estanque, vieron un grupo de ranas en el agua y comenzaron a apedrearlas.

Habían matado a varias, cuando una de las ranas, sacando su cabeza gritó:

- Por favor, paren muchachos, que lo que es diversión para ustedes, es muerte y tristeza para nosotras.

EL LOBO CON PIEL DE OVEJA.

ESOPO.

Pensó un día un lobo cambiar su apariencia para así facilitar la obtención de su comida. Se metió entonces en una piel de oveja y se fue a pastar con el rebaño, despistando totalmente al pastor.

Al atardecer, para su protección, fue llevado junto con todo el rebaño a un encierro, quedando la puerta asegurada.

Pero en la noche, buscando el pastor su provisión de carne para el día siguiente, tomó al lobo creyendo que era un cordero y lo sacrificó al instante.

EL NIÑO Y LOS DULCES.

ESOPO.

Un niño metió su mano en un recipiente lleno de dulces. Y tomó lo más que pudo, pero cuando trató de sacar la mano, el cuello del recipiente no le permitió hacerlo.

Como tampoco quería perder aquellos dulces, lloraba amargamente su desilusión.

Un amigo que estaba cerca le dijo: - Confórmate solamente con la mitad y podrás sacar la mano con los dulces-.

EL AVARO Y EL ORO.

ESOPO.

Un avaro vendió todo lo que tenía de más y compró una pieza de oro, la cual enterró en la tierra a la orilla de una vieja pared y todos los días iba a mirar el sitio.

Uno de sus vecinos observó sus frecuentes visitas al lugar y decidió averiguar que pasaba. Pronto descubrió lo del tesoro escondido, y cavando, tomó la pieza de oro, robándosela.

El avaro, a su siguiente visita encontró el hueco vacío y jalándose sus cabellos se lamentaba amargamente.

Entonces otro vecino, enterándose del motivo de su queja, lo consoló diciéndole:

- Da gracias de que el asunto no es tan grave. Ve y trae una piedra y colócala en el hueco. Imagínate entonces que el oro aún está allí. Para ti será lo mismo que aquello sea o no sea oro, ya que de por sí no harías nunca ningún uso de él.

LA PALOMA SEDIENTA.

ESOPO.

Una paloma, incómoda por la molesta sed, vio una charca de agua pintada sobre un rótulo.

Pero sin darse cuenta de que sólo era un dibujo, voló hacia ella a toda velocidad e inevitablemente chocó contra el rótulo, hiriéndose lastimosamente.

Habiéndose quebrado las alas por el golpe, cayó a tierra donde fue capturada por uno de los transeúntes.

EL PERRO EN EL PAJAR.

ESOPO.

Un perro metido en un pajar gruñía y ladraba impidiendo a los bueyes comerse la paja que había sido colocada para ellos.

– ¡Que egoísta perro!- Dijo un buey a sus compañeros -

-Él no come de esa paja, y todavía pretende que los que sí comemos, no lo hagamos.

EL LABRADOR Y LAS GRULLAS.

ESOPO.

Algunas grullas escarbaban sobre terrenos recién sembrados con trigo. Durante algún tiempo el labrador blandía una honda vacía, ahuyentándolas por el pánico que les producía.

Pero cuando las aves se dieron cuenta del truco, ya no se alejaban de su comida. El labrador, viendo esto, cargó su honda con piedras y mató muchas de las grullas.

Las sobrevivientes inmediatamente abandonaron el lugar, lamentándose unas a otras:

-Mejor nos vamos a Liliput, pues este hombre ya no contento con asustarnos, ha empezado a mostrarnos lo que realmente puede hacer.

LA TORTUGA Y EL ÁGUILA.

ESOPO.

Una tortuga que se recreaba al sol, se quejaba a las aves marinas de su triste destino, y de que nadie le había querido enseñar a volar.

Un águila que paseaba a la deriva por ahí, oyó su lamento y le preguntó con qué le pagaba si ella la alzaba y la llevaba por los aires.

- Te daré – dijo – todas las riquezas del Mar Rojo.

- Entonces te enseñaré al volar – replicó el águila.

Y tomándola por los pies la llevó casi hasta las nubes, y soltándola de pronto, la dejó ir, cayendo la pobre tortuga en una soberbia montaña, haciéndose añicos su coraza. Al verse moribunda, la tortuga exclamó:

- Renegué de mi suerte natural. ¿Qué tengo yo que ver con vientos y nubes, cuando con dificultad apenas me muevo sobre la tierra?

EL ASNO Y LA ZORRA ENCUENTRAN AL LEÓN.

ESOPO.

El asno y la zorra, habiéndose unido para su mutua protección, salieron un día de caza.

No anduvieron mucho cuando encontraron un león.

La zorra, segura del inmediato peligro, se acercó al león y le prometió ayudar a capturar al asno si le daba su palabra de no dañarla a ella.

Entonces, afirmándole al asno que no sería maltratado, lo llevó a un profundo foso diciéndole que se guareciera allí.

El león, viendo que ya el asno estaba asegurado, inmediatamente agarró a la zorra, y luego atacó al asno a su antojo.

EL PLUMAJE DE LA GOLONDRINA Y EL CUERVO.

ESOPO.

La golondrina y el cuervo discutían acerca de su plumaje. El cuervo terminó la discusión alegando:

- Tus plumas serán muy bonitas en el verano, pero las mías me cobijan contra el invierno.

EL JOVEN Y EL ESCORPIÓN.

ESOPO.

Un joven andaba cazando saltamontes. Ya había capturado un buen número cuando trató de tomar a un escorpión equivocadamente.

Y el escorpión, mostrándole su ponzoña le dijo:

- Si me hubieras tocado, me hubieras perdido, pero tú también a todos tus saltamontes.

EL LABRADOR Y LA CIGÜEÑA.

ESOPO.

Un Labrador colocó trampas en su terreno recién sembrado y capturó un número de grullas que venían a comerse las semillas. Pero entre ellas se encontraba una cigüeña, la cual se había fracturado una pata en la trampa y que insistentemente le rogaba al labrador le conservara la vida:

- Te ruego me liberes, amo – decía, - sólo por esta vez. Mi quebradura exaltará tu piedad, y además, yo no soy grulla, soy una cigüeña, un ave de excelente carácter, y soy muy buena hija. Mira también mis plumas, que no son son como las de esas grullas.

El labrador riéndose dijo:

- Será todo como lo dices, pero yo sólo sé esto:
Te capturé junto con estas ladronas, las grullas, y por lo tanto te corresponde morir junto con ellas.

LA GRANADA, EL MANZANO Y EL ESPINO.

ESOPO.

La granada y el manzano disputaban sobre quien de ellos era el máximo.

Cuando la discusión estaba en lo más ardiente, un espino, desde su vecindad alzó su voz diciendo severamente:

- Por favor, mis amigos, en mi presencia, al menos déjense de esas vanas discusiones.

EL NIÑO CIEGO Y SU MADRE.

ESOPO.

Un niño ciego de nacimiento, dijo una vez a su madre:

- ¡Yo estoy seguro de que puedo ver!

Y con el deseo de probarle a él su error, su madre puso delante de él unos granos de aromoso incienso y le preguntó:

- ¿Qué es eso?

El niño contestó:

- Una piedra.

A lo que su madre exclamó:

- Oh mi hijo, temo que no sólo estás ciego, sino que tampoco tienes olfato.

EL VIAJERO Y SU PERRO.

ESOPO.

Un viajero listo para salir de gira, vio a su perro en el portal de su casa estirándose y bostezando. Le preguntó con energía:

-¿ Por qué estás ahí vagabundeando?, todo está listo menos tú, así que ven conmigo al instante.

El perro, meneando su cola replicó:

- Oh patrón, yo ya estoy listo, más bien es a tí a quien yo estoy esperando.

LA LIEBRE Y LA TORTUGA.

ESOPO.

Cierto día una liebre se burlaba de las cortas patas y lentitud al caminar de una tortuga. Pero ésta, riéndose, le replicó:

-Puede que seas veloz como el viento, pero yo te ganaría en una competencia.

Y la liebre, totalmente segura de que aquello era imposible, aceptó el reto, y propusieron a la zorra que señalara el camino y la meta.

LLegado el día de la carrera, arrancaron ambas al mismo tiempo. La tortuga nunca dejó de caminar y a su lento paso pero constante, avanzaba tranquila hacia la meta. En cambio, la liebre, que a ratos se echaba a descansar en el camino, se quedó dormida. Cuando despertó, y moviéndose lo más veloz que pudo, vió como la tortuga había llegado de primera al final y obtenido la victoria.

PROMETER LO IMPOSIBLE.

ESOPO.

Un hombre pobre se hallaba gravemente enfermo. Viendo que no podrían los médicos salvarle, se dirigió a los dioses, prometiendo ofrendarles una hecatombe y consagrarles múltiples exvotos si lograba restablecerse.

Le oyó su mujer, que lo acompañaba a su lado, y le preguntó:

-¿Y de dónde sacarás tanto dinero para cubrir todo eso?

-¿Y crees tú que los dioses me lo van a reclamar si me restableciera?-repuso el enfermo.