UN MINUTO PARA EL ABSURDO.
viernes, 19 de julio de 2013
EL PINTOR LOCO.
Había llegado a un oasis y le fue fácil reconocer a sus escasos habitantes.
Tan sólo hubo un hombre joven que le miró con ojos duros y penetrantes...
Como si temiera que el caminante le pudiera arrebatar su tesoro, un tesoro ganado al desierto en mil años de lucha.
Cuando el caminante salió de la tienda de este hombre joven, un anciano de la tribu que le acompañaba, le dijo:
-Está loco. No habla con casi nadie desde hace mucho tiempo. Emplea sus días y sus noches en pintar y pintar, con trozos de carbón, una línea y un punto sobre ella. Siempre pinta lo mismo, y guarda sus dibujos en una bolsa de cuero. ¡Pobre hombre...! Aún es joven para que el sol le haya castigado con tanta fuerza.
El caminante siguió toda la jornada con aquellos hombres amables y hospitalarios. Cuando todos se fueron a descansar y sólo quedaba un rescoldo de hoguera semimuerto, el caminante permaneció un rato más, arrebujado en su manta, contemplando el brillar de las estrellas en el cielo y alguna que otra chispa entre los troncos ennegrecidos.
De pronto se sobresaltó al ver avanzar un bulto entre las tiendas... Y sintió miedo al comprobar que era aquel hombre joven de mirada dura y penetrante. Este se acercó a la hoguera, buscó algún tizón apagado y, sin decir palabra, se marchó.
El camimante no pudo resistir la curiosidad y le siguió hasta la misma puerta de su tienda. Al llegar allí el hombre joven se detuvo y giró y, tras un momento de indecisión, invitó al caminante a pasar a su tienda. La dureza de su mirada había desaparecido cuando el caminante aceptó.
Mientras el caminante contemplaba aquel extraño dibujo, el hombre joven le sacó varios de igual factura que aquél. El caminante fingía observar con atención aquellas pinturas y, de cuando en cuando, asentía su cabeza en señal de aprobación, para que aquel hombre loco no se enfadara.
-¿Te gustan? -preguntó el hombre.
-¡Oh, sí, sí! Son perfectos en sus líneas... -se apresuró a decir el caminante.
-No, no me refería a las líneas; ésas son muy fáciles de hacer. Te pregunto por los puntos del horizonte, por los oasis...
-¡Claro, claro! También son perfectos -dijo el caminante, retardando las últimas palabras y comenzando a entender algo.
-Pues ahora te voy a enseñar mi mejor obra. Desde que la pinté, no he podido hablar con nadie. Todos dicen que estoy loco, que pinto cosas imposibles, que es una lástima..., que el sol me ha dañado la cabeza...
El hombre joven sacó de su bolsa de cuero un pequeño trozo de piel arrugada. La extendió sobre la tabla. El caminante vio allí la misma línea horizontal de siempre, y sobre ella muchos puntos juntos, uno al lado del otro, formando casi una gran mancha.
Cuando el hombre le preguntó, clavando sus ojos en él, si estar loco es creer que pueda existir una tierra llena de oasis, el uno junto al otro..., a aquel hombre, intentando devolverle la esperanza que, durante años,le había negado su pueblo.
José J. Gómez Palacios.
martes, 21 de junio de 2011
COLORES.
Hoy es un día violeta, es decir que amenaza con lluvia. De veredas repletas de gente que apenas se mira. Así son los días violetas. A mi me pasa que quiero escribir un cuento y la lapicera se me corre de las manos. Qué tengo ganas de tomar leche con galletitas y seguro que si voy a la mesa me encuentro con un tazón de té. Y que no me enojo porque los violetas no son días de enojarse.
Podría ser azul, como cuando el cielo es un espejo y las caras de las personas parecen flores que se abren contra el viento. O rojo, cuando todo parece estar a punto de suceder; una risa a punto de estallar, dos manos a punto de estrecharse, un avión a punto de levantar vuelo. Pero no, ni rojo ni azul. El día de hoy es violeta y así son los días violetas.
Por mucho que uno quisiera no podría volverse amarillo. Un día amarillo claro. De esos en que los ojos se quedan atrapados en el vidrio de una ventana y los recuerdos son de atrás para adelante y de adelante para atrás. Como si se abriera un álbum de fotografías y las caras risueñas de los amigos vivieran de nuevo momentos que ya pasaron.
Esos días amarillos en los que uno está dentro de la casa porque llueve. Esos días amarillos que se confunden con los grises porque cuando llueve el cielo se pone gris, sin embargo los días grises son distintos. En ellos puede haber sol y los árboles estar más que florecidos. En los días grises es la mirada de uno la que tiene nubes y entonces por cualquier cosa se llora. O se hace puchero. O un nudo en la garganta simplemente porque sí. O porque uno quisiera que fuera un día azul y las nubes de la mirada lo nublan todo.
A mí me gustan los días verdes, como las copas de los árboles en primavera. Como enormes extensiones de campo vistas desde lo alto. Son días en los cuales los edificios parecen construidos de pasto y hasta los delantales blancos de la escuela parecen hojas moviéndose de aquí para allá. Unos se cuenta desde que amanece cuando un día es verde.
Hay días lisos, con pintitas y multicolores. Horas anaranjadas con horas fucsias que se mezclan y tardes blancas para enamorarse.
Así se desliza la vida. Desde la paleta de un pintor desconocido. El tiempo se derrama gota a gota del pincel.
Por eso hoy es un día violeta y tal vez mañana sea rojo o dorado o transparente. En uno de esos quizás nos encontremos...
Silvia Schujer
Podría ser azul, como cuando el cielo es un espejo y las caras de las personas parecen flores que se abren contra el viento. O rojo, cuando todo parece estar a punto de suceder; una risa a punto de estallar, dos manos a punto de estrecharse, un avión a punto de levantar vuelo. Pero no, ni rojo ni azul. El día de hoy es violeta y así son los días violetas.
Por mucho que uno quisiera no podría volverse amarillo. Un día amarillo claro. De esos en que los ojos se quedan atrapados en el vidrio de una ventana y los recuerdos son de atrás para adelante y de adelante para atrás. Como si se abriera un álbum de fotografías y las caras risueñas de los amigos vivieran de nuevo momentos que ya pasaron.
Esos días amarillos en los que uno está dentro de la casa porque llueve. Esos días amarillos que se confunden con los grises porque cuando llueve el cielo se pone gris, sin embargo los días grises son distintos. En ellos puede haber sol y los árboles estar más que florecidos. En los días grises es la mirada de uno la que tiene nubes y entonces por cualquier cosa se llora. O se hace puchero. O un nudo en la garganta simplemente porque sí. O porque uno quisiera que fuera un día azul y las nubes de la mirada lo nublan todo.
A mí me gustan los días verdes, como las copas de los árboles en primavera. Como enormes extensiones de campo vistas desde lo alto. Son días en los cuales los edificios parecen construidos de pasto y hasta los delantales blancos de la escuela parecen hojas moviéndose de aquí para allá. Unos se cuenta desde que amanece cuando un día es verde.
Hay días lisos, con pintitas y multicolores. Horas anaranjadas con horas fucsias que se mezclan y tardes blancas para enamorarse.
Así se desliza la vida. Desde la paleta de un pintor desconocido. El tiempo se derrama gota a gota del pincel.
Por eso hoy es un día violeta y tal vez mañana sea rojo o dorado o transparente. En uno de esos quizás nos encontremos...
Silvia Schujer
CELEBRACIÓN DE LA VOZ HUMANA.
Los indios Shuar, los llamados Jíbaros, cortan la cabeza del vencido.
La cortan y la reducen, hasta que cabe en un puño,
para que el vencido no resucite.
Pero el vencido no está del todo vencido
hasta que le cierran la boca.
Por eso le cosen los labios con una fibra
que jamás se pudre.
Eduardo Galeano
La cortan y la reducen, hasta que cabe en un puño,
para que el vencido no resucite.
Pero el vencido no está del todo vencido
hasta que le cierran la boca.
Por eso le cosen los labios con una fibra
que jamás se pudre.
Eduardo Galeano
CAPERUCITA.
Caperucita sólo tiene dieciséis
primaveras sin flores, papá le dice: "Ven,
Caperucita, eres joven y tienes que aprender
a ocuparte de la casa, que serás una mujer.
Para que seas buena esposa
y no envejezcas sola,
en la cama y la cocina has de saber
alegrar a tu marido y cuidar a cada hijo,
que te atrapa tu destino,
que has de ser madre y esposa".
Y la pobre Caperucita llora.
"Quiero volar, lejos de aquí escapar.
Dime, mi bien, quién me llorará
Si me dan alas y echo a volar.
Quiero dormir, no quiero despertar,
quiero ser la lluvia al otro lado del cristal,
quizás alguien me espere en la oscuridad".
Una fría tarde Caperucita iba
a casa de su abuela a llevarle comida,
cuando se encontró con un lobo feroz.
Dime dónde vas, niña, que te acompaño yo.
La muchacha se supo perdida.
Gritaba Caperucita
mientras la devoraba el lobo.
Bajo la falda del vestido
estallaron los dormidos
sueños que en la noche
la mantenían viva. Pobre Caperucita.
"Quiero volar, lejos de aquí escapar.
Dime, mi bien, quién me llorará
si me dan alas y echo a volar.
Quiero dormir, no quiero despertar,
quiero ser la lluvia al otro lado del cristal,
quizás alguien me espere en la oscuridad".
Una gris mañana Caperucita se casó,
vestida de blanco, bella como una flor.
Su marido, muy elegante, otro lobo feroz,
y su padre orgulloso lloraba de emoción.
Ahora cada noche el lobo la devora,
clava sus dientes, y llora
Caperucita mientras espera a que un aullido
le diga que el dormido animal despertó.
Después descansa tranquilo el malvado lobo feroz.
La cara de Caperucita alumbra una sonrisa
mientras mece una cuna. En ella está una niña,
quizás futura oveja para un lobo feroz,
a no ser que afortunada la rescate tu amor.
Caperucita la arrulla contra el pecho
y un murmullo lento, lleno
de esperanza y vida,
canta Caperucita.
"Quiero volar, lejos de aquí escapar.
Dime, mi bien, quién me llorará
si me dan alas y echo a volar.
Quiero dormir, no quiero despertar,
quiero ser la lluvia al otro lado del cristal,
quizás alguien me espere en la oscuridad.
Quiero volar".
Ismael Serrano
primaveras sin flores, papá le dice: "Ven,
Caperucita, eres joven y tienes que aprender
a ocuparte de la casa, que serás una mujer.
Para que seas buena esposa
y no envejezcas sola,
en la cama y la cocina has de saber
alegrar a tu marido y cuidar a cada hijo,
que te atrapa tu destino,
que has de ser madre y esposa".
Y la pobre Caperucita llora.
"Quiero volar, lejos de aquí escapar.
Dime, mi bien, quién me llorará
Si me dan alas y echo a volar.
Quiero dormir, no quiero despertar,
quiero ser la lluvia al otro lado del cristal,
quizás alguien me espere en la oscuridad".
Una fría tarde Caperucita iba
a casa de su abuela a llevarle comida,
cuando se encontró con un lobo feroz.
Dime dónde vas, niña, que te acompaño yo.
La muchacha se supo perdida.
Gritaba Caperucita
mientras la devoraba el lobo.
Bajo la falda del vestido
estallaron los dormidos
sueños que en la noche
la mantenían viva. Pobre Caperucita.
"Quiero volar, lejos de aquí escapar.
Dime, mi bien, quién me llorará
si me dan alas y echo a volar.
Quiero dormir, no quiero despertar,
quiero ser la lluvia al otro lado del cristal,
quizás alguien me espere en la oscuridad".
Una gris mañana Caperucita se casó,
vestida de blanco, bella como una flor.
Su marido, muy elegante, otro lobo feroz,
y su padre orgulloso lloraba de emoción.
Ahora cada noche el lobo la devora,
clava sus dientes, y llora
Caperucita mientras espera a que un aullido
le diga que el dormido animal despertó.
Después descansa tranquilo el malvado lobo feroz.
La cara de Caperucita alumbra una sonrisa
mientras mece una cuna. En ella está una niña,
quizás futura oveja para un lobo feroz,
a no ser que afortunada la rescate tu amor.
Caperucita la arrulla contra el pecho
y un murmullo lento, lleno
de esperanza y vida,
canta Caperucita.
"Quiero volar, lejos de aquí escapar.
Dime, mi bien, quién me llorará
si me dan alas y echo a volar.
Quiero dormir, no quiero despertar,
quiero ser la lluvia al otro lado del cristal,
quizás alguien me espere en la oscuridad.
Quiero volar".
Ismael Serrano
CANTO AL AMOR.
Hermanos: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor.
Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles;
si no tengo amor,
no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden.
Ya podría tener el don de predicación y conocer todos los secretos
y todo el saber; podría tener una fe como para mover montañas;
si no tengo amor,
no soy nada.
Podría repartir en limosnas todo lo que tengo
y aun dejarme quemar vivo;
si no tengo amor,
de nada me sirve.
El amor es comprensivo, el amor es servicial
y no tiene envidia;
el amor no presume ni se engríe;
no es mal educado ni egoísta;
no se irrita, no lleva cuentas del mal;
no se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad.
Disculpa sin límites,
cree sin límites, espera sin límites,
aguanta sin límites.
El amor no pasa nunca.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios
Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles;
si no tengo amor,
no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden.
Ya podría tener el don de predicación y conocer todos los secretos
y todo el saber; podría tener una fe como para mover montañas;
si no tengo amor,
no soy nada.
Podría repartir en limosnas todo lo que tengo
y aun dejarme quemar vivo;
si no tengo amor,
de nada me sirve.
El amor es comprensivo, el amor es servicial
y no tiene envidia;
el amor no presume ni se engríe;
no es mal educado ni egoísta;
no se irrita, no lleva cuentas del mal;
no se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad.
Disculpa sin límites,
cree sin límites, espera sin límites,
aguanta sin límites.
El amor no pasa nunca.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios
BREVEDAD.
He nacido hoy de madrugada,
viví mi niñez esta mañana
y sobre el mediodía
ya transitaba mi adolescencia.
Y no es que me asuste
que el tiempo se me pase tan aprisa,
sólo me inquieta un poco pensar
que tal vez mañana
yo sea demasiado viejo
para hacer lo que he dejado pendiente.
viví mi niñez esta mañana
y sobre el mediodía
ya transitaba mi adolescencia.
Y no es que me asuste
que el tiempo se me pase tan aprisa,
sólo me inquieta un poco pensar
que tal vez mañana
yo sea demasiado viejo
para hacer lo que he dejado pendiente.
BREVEDAD.
He nacido hoy de madrugada,
viví mi niñez esta mañana
y sobre el mediodía
ya transitaba mi adolescencia.
Y no es que me asuste
que el tiempo se me pase tan aprisa,
sólo me inquieta un poco pensar
que tal vez mañana
yo sea demasiado viejo
para hacer lo que he dejado pendiente.
viví mi niñez esta mañana
y sobre el mediodía
ya transitaba mi adolescencia.
Y no es que me asuste
que el tiempo se me pase tan aprisa,
sólo me inquieta un poco pensar
que tal vez mañana
yo sea demasiado viejo
para hacer lo que he dejado pendiente.
ANTES DE HABLAR, REFLEXIONA.
Había una vez un niño que tenía muy mal carácter y se peleaba con todo el mundo. Un día su padre le dio una bolsa con clavos y le dijo lo siguiente:
- Cada vez que pierdas la calma, cada vez que discutas con alguien, irás a clavar un clavo en la cerca que está detrás de casa.Así pues, cada vez que el chico se enojaba con alguien, tomaba el martillo y clavaba un clavo en la cerca. En poco tiempo había clavado treinta y siete clavos. Sin embargo, a medida que clavaba se fue calmando porque descubrió que era mucho más fácil controlar su carácter que tomarse el trabajo de clavar los clavos en la madera.
Pasaron unos meses y el niño le dijo a su padre:
-En las últimas semanas no he discutido con nadie.
Su progenitor le sugirió entonces que cada vez que controlara su carácter sacara un clavo de la cerca. Los días pasaron y el joven fue sacando clavo tras clavo. Hasta que un día el hijo se le acercó a su padre y le anunció:
-Ya he sacado todos los clavos.
El padre lo observó y, tomándolo de la mano, lo condujo a la cerca.
-Observa, hijo, has hecho bien, pero fíjate en todos los agujeros que han quedado; esta madera ya nunca será la misma de antes. Cuando dices o haces cosas que ofenden a otro, dejas una cicatriz como este agujero de la cerca. El daño ya está hecho. Aunque pidas perdón, allí donde hayas dado una estocada habrá quedado una herida.
- Cada vez que pierdas la calma, cada vez que discutas con alguien, irás a clavar un clavo en la cerca que está detrás de casa.Así pues, cada vez que el chico se enojaba con alguien, tomaba el martillo y clavaba un clavo en la cerca. En poco tiempo había clavado treinta y siete clavos. Sin embargo, a medida que clavaba se fue calmando porque descubrió que era mucho más fácil controlar su carácter que tomarse el trabajo de clavar los clavos en la madera.
Pasaron unos meses y el niño le dijo a su padre:
-En las últimas semanas no he discutido con nadie.
Su progenitor le sugirió entonces que cada vez que controlara su carácter sacara un clavo de la cerca. Los días pasaron y el joven fue sacando clavo tras clavo. Hasta que un día el hijo se le acercó a su padre y le anunció:
-Ya he sacado todos los clavos.
El padre lo observó y, tomándolo de la mano, lo condujo a la cerca.
-Observa, hijo, has hecho bien, pero fíjate en todos los agujeros que han quedado; esta madera ya nunca será la misma de antes. Cuando dices o haces cosas que ofenden a otro, dejas una cicatriz como este agujero de la cerca. El daño ya está hecho. Aunque pidas perdón, allí donde hayas dado una estocada habrá quedado una herida.
ANIMARSE A VOLAR.
Para Ioshúa que se animó a correr el riesgo y voló...
(publicado originalmente en Recuentos para Demián. 1991) Ahora en Cuentos para pensar.
Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.
- Pero yo no sé volar - contestó el hijo.
- Ven - dijo el padre.
Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.
- Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás...
El hijo dudó:
- ¿ Y si me caigo ?
- Aunque té caigas no morirás, sólo algunos machucones que te harán más fuerte para el siguiente intento - contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.
Los más pequeños de mente le dijeron: -¿ Estás loco ?
-¿ Para qué?
- Tu padre está delirando...
-¿ Qué vas a buscar volando
- ¿ Por qué no te dejas de pavadas?
- Y además, ¿quién necesita volar?
Los más lúcidos también sentían miedo: - ¿Será cierto?
- ¿No será peligroso?
- ¿Por qué no empiezas despacio?
- En todo caso, prueba tirarte desde una escalera
- ...0 desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?
El joven escuchó el consejo de quienes lo querían.
Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó...
Desplegó las alas.
Las agitó en el aire con todas sus fuerzas...... pero igual... se precipitó a tierra...
Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:
- iMe mentiste! No puedo volar. Probé, y mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas sólo son de adorno... lloriqueó.
- Hijo mío - dijo el padre - Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen.
Es como para tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar.
Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo.
Si uno no quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando para siempre...
Jorge Bucay
(publicado originalmente en Recuentos para Demián. 1991) Ahora en Cuentos para pensar.
Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.
- Pero yo no sé volar - contestó el hijo.
- Ven - dijo el padre.
Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.
- Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás...
El hijo dudó:
- ¿ Y si me caigo ?
- Aunque té caigas no morirás, sólo algunos machucones que te harán más fuerte para el siguiente intento - contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.
Los más pequeños de mente le dijeron: -¿ Estás loco ?
-¿ Para qué?
- Tu padre está delirando...
-¿ Qué vas a buscar volando
- ¿ Por qué no te dejas de pavadas?
- Y además, ¿quién necesita volar?
Los más lúcidos también sentían miedo: - ¿Será cierto?
- ¿No será peligroso?
- ¿Por qué no empiezas despacio?
- En todo caso, prueba tirarte desde una escalera
- ...0 desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?
El joven escuchó el consejo de quienes lo querían.
Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó...
Desplegó las alas.
Las agitó en el aire con todas sus fuerzas...... pero igual... se precipitó a tierra...
Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:
- iMe mentiste! No puedo volar. Probé, y mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas sólo son de adorno... lloriqueó.
- Hijo mío - dijo el padre - Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen.
Es como para tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar.
Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo.
Si uno no quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando para siempre...
Jorge Bucay
A CONSTRUIR PUENTES.
No hace mucho tiempo, dos hermanos que vivían en granjas vecinas cayeron en un conflicto.
Éste fue el primer problema serio que tenían en cuarenta años de cultivar juntos, compartiendo maquinaria e intercambiando cosechas y bienes de forma continua.
Esta larga y beneficiosa colaboración terminó repentinamente.
Comenzó con un pequeño malentendido y fue creciendo hasta llegar a ser una diferencia mayor entre ellos y explotó en un intercambio de palabras amargas seguido de semanas de silencio.
Una mañana alguien llamó a la puerta de Luis. Al abrirla, encontró un hombre con herramientas de carpintero. "Estoy buscando trabajo por unos días", dijo el extraño. "Quizás usted requiera algunas pequeñas reparaciones en su granja y yo pueda serle de ayuda".
"Sí", dijo el mayor de los hermanos. "Tengo un trabajo para usted. Mire al otro lado del arroyo aquella granja, ahí vive mi vecino, bueno, de hecho, es mi hermano menor. La semana pasada había una hermosa pradera entre nosotros, él tomó su buldózer y desvió el cauce del arroyo para que nos separara. Bueno, él pudo haber hecho esto para enfurecerme, pero le voy a hacer una mejor. ¿Vé usted aquella pila de desechos de madera junto al granero? Quiero que construya una cerca, una cerca de dos metros de alto, pues no quiero verlo nunca mas".
El carpintero le dijo: "Creo que comprendo su situación. Muéstreme donde están los clavos y la pala para hacer los hoyos de los postes y le entregaré un trabajo que lo dejará satisfecho".
El hermano mayor ayudó al carpintero a reunir todos los materiales y dejó la granja por el resto del día para ir por provisiones al pueblo.
El carpintero trabajó duro midiendo, cortando y clavando.
Cerca del ocaso, cuando el granjero regresó, el carpintero justo había
terminado su trabajo.
El granjero quedó con los ojos completamente abiertos: no había ninguna cerca de dos metros. En su lugar había un puente. Un puente que unía las dos granjas a través del arroyo. Era una fina pieza de arte, con todo y un pasamanos.
En ese momento, su vecino, su hermano menor, vino desde su granja y abrazando a Luis le dijo: “Eres una gran persona, mira que construir este hermoso puente después de lo que te he hecho y dicho”.
Estaban en su reconciliación los dos hermanos, cuando vieron que el carpintero tomaba sus herramientas. “¡No!, espera”, le dijo el hermano mayor. "Quédate unos cuantos días, tengo muchos proyectos para ti".
"Me gustaría quedarme", dijo el carpintero, pero tengo muchos puentes por construir.
Moraleja;
No guardes resentimientos, en lugar de esto construye puentes de paz, de amor... y podrás ser feliz y hacer felices a los demás.
Recuerda: lo que se guarda en el corazón, se guarda siempre. Vale la pena disfrutar la vida.
Éste fue el primer problema serio que tenían en cuarenta años de cultivar juntos, compartiendo maquinaria e intercambiando cosechas y bienes de forma continua.
Esta larga y beneficiosa colaboración terminó repentinamente.
Comenzó con un pequeño malentendido y fue creciendo hasta llegar a ser una diferencia mayor entre ellos y explotó en un intercambio de palabras amargas seguido de semanas de silencio.
Una mañana alguien llamó a la puerta de Luis. Al abrirla, encontró un hombre con herramientas de carpintero. "Estoy buscando trabajo por unos días", dijo el extraño. "Quizás usted requiera algunas pequeñas reparaciones en su granja y yo pueda serle de ayuda".
"Sí", dijo el mayor de los hermanos. "Tengo un trabajo para usted. Mire al otro lado del arroyo aquella granja, ahí vive mi vecino, bueno, de hecho, es mi hermano menor. La semana pasada había una hermosa pradera entre nosotros, él tomó su buldózer y desvió el cauce del arroyo para que nos separara. Bueno, él pudo haber hecho esto para enfurecerme, pero le voy a hacer una mejor. ¿Vé usted aquella pila de desechos de madera junto al granero? Quiero que construya una cerca, una cerca de dos metros de alto, pues no quiero verlo nunca mas".
El carpintero le dijo: "Creo que comprendo su situación. Muéstreme donde están los clavos y la pala para hacer los hoyos de los postes y le entregaré un trabajo que lo dejará satisfecho".
El hermano mayor ayudó al carpintero a reunir todos los materiales y dejó la granja por el resto del día para ir por provisiones al pueblo.
El carpintero trabajó duro midiendo, cortando y clavando.
Cerca del ocaso, cuando el granjero regresó, el carpintero justo había
terminado su trabajo.
El granjero quedó con los ojos completamente abiertos: no había ninguna cerca de dos metros. En su lugar había un puente. Un puente que unía las dos granjas a través del arroyo. Era una fina pieza de arte, con todo y un pasamanos.
En ese momento, su vecino, su hermano menor, vino desde su granja y abrazando a Luis le dijo: “Eres una gran persona, mira que construir este hermoso puente después de lo que te he hecho y dicho”.
Estaban en su reconciliación los dos hermanos, cuando vieron que el carpintero tomaba sus herramientas. “¡No!, espera”, le dijo el hermano mayor. "Quédate unos cuantos días, tengo muchos proyectos para ti".
"Me gustaría quedarme", dijo el carpintero, pero tengo muchos puentes por construir.
Moraleja;
No guardes resentimientos, en lugar de esto construye puentes de paz, de amor... y podrás ser feliz y hacer felices a los demás.
Recuerda: lo que se guarda en el corazón, se guarda siempre. Vale la pena disfrutar la vida.
¿POR QUÉ LA GENTE GRITA?
Un día un maestro preguntó a sus discípulos lo siguiente:
- ¿Por qué la gente se grita cuando están enojados?
Los discípulos pensaron unos momentos:
- Porque perdemos la calma, dijeron.
Pero, ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado?, preguntó el maestro. ¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado? Los discípulos dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al maestro.
Finalmente él explicó:
- Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.
Luego el maestro preguntó:
- ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente, ¿por qué? Porque sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña.
El maestro continuó:
- Cuando se enamoran aún más, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aún más cerca en su amor. Finalmente, no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuando están cerca dos personas que se aman.
Luego el maestro dijo:
- Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, porque llegará un día en que la distancia sea tan grande, que no encontrarán de nuevo el camino de regreso.
- ¿Por qué la gente se grita cuando están enojados?
Los discípulos pensaron unos momentos:
- Porque perdemos la calma, dijeron.
Pero, ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado?, preguntó el maestro. ¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado? Los discípulos dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al maestro.
Finalmente él explicó:
- Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.
Luego el maestro preguntó:
- ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente, ¿por qué? Porque sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña.
El maestro continuó:
- Cuando se enamoran aún más, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aún más cerca en su amor. Finalmente, no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuando están cerca dos personas que se aman.
Luego el maestro dijo:
- Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, porque llegará un día en que la distancia sea tan grande, que no encontrarán de nuevo el camino de regreso.
AMAR O DEPENDER.
Cuentan que una bella princesa estaba buscando consorte. Aristócratas y adinerados señores habían llegado de todas partes para ofrecer sus maravillosos regalos. Joyas, tierras, ejércitos y tronos conformaban los obsequios para conquistar a tan especial criatura.
Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo, que no tenía más riquezas que amor y perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:
Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de mi amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas .Ésa es mi dote...
La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar. Tendrás tu oportunidad: Si pasas la prueba, me desposarás.
Así pasaron las horas y los días. El pretendiente estuvo sentado, soportando los vientos, la nieve, y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente vasallo siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento. De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, la cual, con un noble gesto y una sonrisa, aprobaba la faena.
Todo iba a las mil maravillas. Incluso algunos optimistas habían comenzado a planear los festejos. Al
llegar el día noventa y nueve, los pobladores de la zona habían salido a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto, cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la infanta, el joven se levantó y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.
Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa:
¿Qué fue lo que te ocurrió? Estabas a un paso de lograr la meta. ¿Por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste?.
Con profunda consternación y algunas lágrimas mal disimuladas, contestó en voz baja:
No me ahorró ni un día de sufrimiento... Ni siquiera una hora... NO MERECÍA MI AMOR.
Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo, que no tenía más riquezas que amor y perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:
Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de mi amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas .Ésa es mi dote...
La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar. Tendrás tu oportunidad: Si pasas la prueba, me desposarás.
Así pasaron las horas y los días. El pretendiente estuvo sentado, soportando los vientos, la nieve, y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente vasallo siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento. De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, la cual, con un noble gesto y una sonrisa, aprobaba la faena.
Todo iba a las mil maravillas. Incluso algunos optimistas habían comenzado a planear los festejos. Al
llegar el día noventa y nueve, los pobladores de la zona habían salido a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto, cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la infanta, el joven se levantó y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.
Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa:
¿Qué fue lo que te ocurrió? Estabas a un paso de lograr la meta. ¿Por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste?.
Con profunda consternación y algunas lágrimas mal disimuladas, contestó en voz baja:
No me ahorró ni un día de sufrimiento... Ni siquiera una hora... NO MERECÍA MI AMOR.
LA QUE ERA SORDA.
Había una vez un hombre rico desposado con una joven sorda por completo.
Una mañana, mientras desayunaban, ella le dijo:
-Ayer visité el mercado y exhibían vestidos de seda de Damasco, velos de la India, collares de Persia y brazaletes de Yemén. Parece que las caravanas acaban de traer todo eso a nuestra ciudad. Y ahora mírame, yo en harapos, siendo la esposa de un hombre rico. Debo comprar alguno de esos hermosos objetos.
-Querida -contestó el esposo, aún ocupado con su café matinal- no existe razón alguna por la cual tú no vayas al mercado y compres todo lo que tu corazón desee.
-¡No! -protestó la esposa sorda-. Siempre dices no, no. ¿Es necesario que aparezca en harapos ante nuestros amigos, avergonzando así a tu fama y a mi gente?
-No he dicho que no -dijo el esposo-; puedes ir libremente a la plaza del mercado y comprar la vestimenta más hermosa y las joyas que hayan llegado a nuestra ciudad.
Pero otra vez la esposa equivocó la lectura de sus palabras y replicó:
-De todos los hombres ricos tú eres el más miserable. Me niegas toda belleza y hermosura mientras las otras mujeres de mi edad caminan por los jardines de la ciudad ataviadas con ricos vestidos. -Y comenzó a llorar. Y mientras sus lágrimas caían sobre su pecho gritó otra vez: -Tú siempre me dices no, no, cuando deseo un vestido o una joya.
Entonces el esposo, conmovido, se levantó, y sacando de su bolsa un puñado de oro, se lo entregó y con dulzura le dijo:
-Ve al mercado, querida mía, y compra todo lo que desees.
Desde ese día la joven y sorda esposa cada vez que deseaba algo aparecía ante su esposo con una perlada lágrima en los ojos, y él en silencio tomaba un puñado de oro y lo ponía sobre sus faldas.
Pero ocurrió que la joven se enamoró de un joven cuyo hábito era realizar largos viajes. Y cuando él partía ella se sentaba a llorar.
Cuando el esposo la hallaba llorando decía en su corazón: "Debe haber llegado una nueva caravana con prendas de seda y joyas raras".
Y sacaba otro puñado de oro y se lo entregaba.
Gibrán Jalil Gibrán
Una mañana, mientras desayunaban, ella le dijo:
-Ayer visité el mercado y exhibían vestidos de seda de Damasco, velos de la India, collares de Persia y brazaletes de Yemén. Parece que las caravanas acaban de traer todo eso a nuestra ciudad. Y ahora mírame, yo en harapos, siendo la esposa de un hombre rico. Debo comprar alguno de esos hermosos objetos.
-Querida -contestó el esposo, aún ocupado con su café matinal- no existe razón alguna por la cual tú no vayas al mercado y compres todo lo que tu corazón desee.
-¡No! -protestó la esposa sorda-. Siempre dices no, no. ¿Es necesario que aparezca en harapos ante nuestros amigos, avergonzando así a tu fama y a mi gente?
-No he dicho que no -dijo el esposo-; puedes ir libremente a la plaza del mercado y comprar la vestimenta más hermosa y las joyas que hayan llegado a nuestra ciudad.
Pero otra vez la esposa equivocó la lectura de sus palabras y replicó:
-De todos los hombres ricos tú eres el más miserable. Me niegas toda belleza y hermosura mientras las otras mujeres de mi edad caminan por los jardines de la ciudad ataviadas con ricos vestidos. -Y comenzó a llorar. Y mientras sus lágrimas caían sobre su pecho gritó otra vez: -Tú siempre me dices no, no, cuando deseo un vestido o una joya.
Entonces el esposo, conmovido, se levantó, y sacando de su bolsa un puñado de oro, se lo entregó y con dulzura le dijo:
-Ve al mercado, querida mía, y compra todo lo que desees.
Desde ese día la joven y sorda esposa cada vez que deseaba algo aparecía ante su esposo con una perlada lágrima en los ojos, y él en silencio tomaba un puñado de oro y lo ponía sobre sus faldas.
Pero ocurrió que la joven se enamoró de un joven cuyo hábito era realizar largos viajes. Y cuando él partía ella se sentaba a llorar.
Cuando el esposo la hallaba llorando decía en su corazón: "Debe haber llegado una nueva caravana con prendas de seda y joyas raras".
Y sacaba otro puñado de oro y se lo entregaba.
Gibrán Jalil Gibrán
LA PERLA.
Dijo una ostra a otra ostra vecina:
-Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y redondo y me lastima.
Y la otra ostra replicó con arrogante complacencia:
-Alabados sean los cielos y el mar. Yo no siento dolor dentro de mí. Me siento bien e intacta por dentro y por fuera.
En ese momento, un cangrejo que por allí pasaba escuchó a las dos ostras, y dijo a la que estaba bien por dentro y por fuera:
-Sí, te sientes bien e intacta; mas él dolor que soporta tu vecina es una perla de inigualable belleza.
Gibrán Jalil Gibrán
-Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y redondo y me lastima.
Y la otra ostra replicó con arrogante complacencia:
-Alabados sean los cielos y el mar. Yo no siento dolor dentro de mí. Me siento bien e intacta por dentro y por fuera.
En ese momento, un cangrejo que por allí pasaba escuchó a las dos ostras, y dijo a la que estaba bien por dentro y por fuera:
-Sí, te sientes bien e intacta; mas él dolor que soporta tu vecina es una perla de inigualable belleza.
Gibrán Jalil Gibrán
EL TRUEQUE.
Una vez, en el cruce de un camino, un Poeta pobre encontró a un rico Estúpido, y conversaron. Y todo lo que decían revelaba el descontento de ambos.
Entonces el Ángel del Camino se acercó y posó su mano sobre el hombro de los dos hombres. Y, créanlo, un milagro se produjo; ambos intercambiaron sus posesiones.
Y se alejaron. Pero, cosa difícil de relatar, el Poeta miró y encontró sólo arena seca en sus manos; y el Estúpido cerró los ojos y sintió nada más que nubes en su corazón.
Gibrán Jalil Gibrán
Entonces el Ángel del Camino se acercó y posó su mano sobre el hombro de los dos hombres. Y, créanlo, un milagro se produjo; ambos intercambiaron sus posesiones.
Y se alejaron. Pero, cosa difícil de relatar, el Poeta miró y encontró sólo arena seca en sus manos; y el Estúpido cerró los ojos y sintió nada más que nubes en su corazón.
Gibrán Jalil Gibrán
EL REY SABIO.
Había una vez, en la lejana ciudad de Wirani, un rey que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Y le temían por su poder, y lo amaban por su sabiduría.
Había también en el corazón de esa ciudad un pozo de agua fresca y cristalina, del que bebían todos los habitantes; incluso el rey y sus cortesanos, pues era el único pozo de la ciudad.
Una noche, cuando todo estaba en calma, una bruja entró en la ciudad y vertió siete gotas de un misterioso líquido en el pozo, al tiempo que decía:
-Desde este momento, quien beba de esta agua se volverá loco.
A la mañana siguiente, todos los habitantes del reino, excepto el rey y su gran chambelán, bebieron del pozo y enloquecieron, tal como había predicho la bruja.
Y aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente no hacía sino cuchichear:
-El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán perdieron la razón. No podemos permitir que nos gobierne un rey loco; debemos destronarlo.
Aquella noche, el rey ordenó que llenaran con agua del pozo una gran copa de oro. Y cuando se la llevaron, el soberano ávidamente bebió y pasó la copa a su gran chambelán, para que también bebiera.
Y hubo un gran regocijo en la lejana ciudad de Wirani, porque el rey y el gran chambelán habían recobrado la razón.
Gibrán Jalil Gibrán
Había también en el corazón de esa ciudad un pozo de agua fresca y cristalina, del que bebían todos los habitantes; incluso el rey y sus cortesanos, pues era el único pozo de la ciudad.
Una noche, cuando todo estaba en calma, una bruja entró en la ciudad y vertió siete gotas de un misterioso líquido en el pozo, al tiempo que decía:
-Desde este momento, quien beba de esta agua se volverá loco.
A la mañana siguiente, todos los habitantes del reino, excepto el rey y su gran chambelán, bebieron del pozo y enloquecieron, tal como había predicho la bruja.
Y aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente no hacía sino cuchichear:
-El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán perdieron la razón. No podemos permitir que nos gobierne un rey loco; debemos destronarlo.
Aquella noche, el rey ordenó que llenaran con agua del pozo una gran copa de oro. Y cuando se la llevaron, el soberano ávidamente bebió y pasó la copa a su gran chambelán, para que también bebiera.
Y hubo un gran regocijo en la lejana ciudad de Wirani, porque el rey y el gran chambelán habían recobrado la razón.
Gibrán Jalil Gibrán
EL PROFETA ERMITAÑO.
Hubo una vez un profeta ermitaño que cada tres lunas bajaba hasta la ciudad y en las plazas del mercado predicaba el dar y compartir entre la gente. Y era elocuente y su fama se expandía por sobre la tierra.
Una tarde, tres hombres llegaron a su ermita y lo saludaron.
-Tú predicas el dar y compartir -le dijeron-. Y buscas enseñar a quienes tienen mucho para dar a los que poseen poco; y no dudamos que tu fama te ha brindado riquezas. Ahora ven y danos de tus riquezas, pues estamos necesitados.
-Amigos míos -les contestó el ermitaño-, no tengo más que esta cama, esta estera y esta jarra de agua. Tómenlas si así lo desean. No tengo ni oro ni plata.
Entonces lo miraron desdeñosos y le dieron la espalda, y el último hombre se detuvo en la puerta un momento y gritó:
-¡Impostor! ¡Embustero! Tú enseñas y predicas aquello que tú mismo no practicas.
Gibrán Jalil Gibrán
Una tarde, tres hombres llegaron a su ermita y lo saludaron.
-Tú predicas el dar y compartir -le dijeron-. Y buscas enseñar a quienes tienen mucho para dar a los que poseen poco; y no dudamos que tu fama te ha brindado riquezas. Ahora ven y danos de tus riquezas, pues estamos necesitados.
-Amigos míos -les contestó el ermitaño-, no tengo más que esta cama, esta estera y esta jarra de agua. Tómenlas si así lo desean. No tengo ni oro ni plata.
Entonces lo miraron desdeñosos y le dieron la espalda, y el último hombre se detuvo en la puerta un momento y gritó:
-¡Impostor! ¡Embustero! Tú enseñas y predicas aquello que tú mismo no practicas.
Gibrán Jalil Gibrán
SABER DAR.
El hombre que estaba tras el mostrador, miraba la calle distraídamente. Una niñita se aproximó al negocio y apretó la naricita contra el vidrio de la vitrina. Los ojos de color del cielo brillaban cuando vio un determinado objeto.
Entró en el negocio y pidió para ver el collar de turquesa azul
"Es para mi hermana. ¿Puede hacer un paquete bien", -Dice ella.
El dueño del negocio miró desconfiado a la niñita y le preguntó:
-¿Cuánto dinero tienes?
Sin dudar, ella sacó del bolsillo de su ropa un pañuelo todo atadito y fue deshaciendo los nudos. Los colocó sobre el mostrador y dijo feliz:
"¿Eso alcanza?"
Eran apenas algunas monedas que ella exhibía orgullosa. "Sabe, quiero dar este regalo a mi hermana mayor. Desde que murió nuestra madre, ella cuida de nosotros y no tiene tiempo para ella. Es su cumpleaños y tengo el convencimiento que quedará feliz con el collar, que es del color de sus ojos".
El hombre fue para la trastienda, colocó el collar en un estuche, envolvió con un vistoso papel rojo e hizo un trabajado lazo con una cinta verde.
"Toma, dijo a la niña. Llévalo con cuidado".
Ella salió feliz corriendo y saltando calle abajo.
Aún no acababa el día, cuando una linda joven de cabellos rubios y maravillosos ojos azules entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el ya conocido envoltorio deshecho e indagó:
"¿Este collar fue comprado aquí?
"Sí señora".
"¿Y cuanto costó?
"Ah!", - habló el dueño del negocio-, "El precio de cualquier producto de mi tienda es siempre un asunto confidencial entre el vendedor y el cliente".
La joven continuó:
"Pero mi hermana tenía solamente algunas monedas. El collar es verdadero ¿No?. Ella no tendría dinero para pagarlo".
El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio con extremo cariño, colocó la cinta y lo devolvió a la joven.
"Ella pagó el precio mas alto que cualquier persona puede pagar.
ELLA DIO TODO LO QUE TENIA"
El silencio llenó la pequeña tienda y dos lágrimas rodaron por la faz emocionada de la joven en cuanto sus manos tomaban el pequeño envoltorio.
La verdadera donación es darse por entero, sin restricciones.
La gratitud de quien ama no coloca límites para los gestos de ternura.
Sé siempre agradecido pero no esperes el reconocimiento de nadie.
Gratitud con amor no solo reanima a quien recibe, sino que reconforta a quien ofrece.
La vida mejora con cada día que pasa siempre y cuando demuestres una actitud positiva
Entró en el negocio y pidió para ver el collar de turquesa azul
"Es para mi hermana. ¿Puede hacer un paquete bien", -Dice ella.
El dueño del negocio miró desconfiado a la niñita y le preguntó:
-¿Cuánto dinero tienes?
Sin dudar, ella sacó del bolsillo de su ropa un pañuelo todo atadito y fue deshaciendo los nudos. Los colocó sobre el mostrador y dijo feliz:
"¿Eso alcanza?"
Eran apenas algunas monedas que ella exhibía orgullosa. "Sabe, quiero dar este regalo a mi hermana mayor. Desde que murió nuestra madre, ella cuida de nosotros y no tiene tiempo para ella. Es su cumpleaños y tengo el convencimiento que quedará feliz con el collar, que es del color de sus ojos".
El hombre fue para la trastienda, colocó el collar en un estuche, envolvió con un vistoso papel rojo e hizo un trabajado lazo con una cinta verde.
"Toma, dijo a la niña. Llévalo con cuidado".
Ella salió feliz corriendo y saltando calle abajo.
Aún no acababa el día, cuando una linda joven de cabellos rubios y maravillosos ojos azules entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el ya conocido envoltorio deshecho e indagó:
"¿Este collar fue comprado aquí?
"Sí señora".
"¿Y cuanto costó?
"Ah!", - habló el dueño del negocio-, "El precio de cualquier producto de mi tienda es siempre un asunto confidencial entre el vendedor y el cliente".
La joven continuó:
"Pero mi hermana tenía solamente algunas monedas. El collar es verdadero ¿No?. Ella no tendría dinero para pagarlo".
El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio con extremo cariño, colocó la cinta y lo devolvió a la joven.
"Ella pagó el precio mas alto que cualquier persona puede pagar.
ELLA DIO TODO LO QUE TENIA"
El silencio llenó la pequeña tienda y dos lágrimas rodaron por la faz emocionada de la joven en cuanto sus manos tomaban el pequeño envoltorio.
La verdadera donación es darse por entero, sin restricciones.
La gratitud de quien ama no coloca límites para los gestos de ternura.
Sé siempre agradecido pero no esperes el reconocimiento de nadie.
Gratitud con amor no solo reanima a quien recibe, sino que reconforta a quien ofrece.
La vida mejora con cada día que pasa siempre y cuando demuestres una actitud positiva
EL AMOR MÁS GRANDE.
El día que María José nació, en verdad no sentí gran alegría porque yo quería un varón.
La decepción ante el hecho que no lo fuera, parecía ser más grande que el gran acontecimiento que representa tener un hijo.
A los dos días de haber nacido, fui a buscar a mis dos mujeres, una lucía pálida y la otra radiante y dormilona. En pocos meses me dejé cautivar por la sonrisa de María José y por el brillo negro de sus ojos vivos y penetrantes y empecé a amarla con locura; su carita, su sonrisa y su mirada no se apartaban ni un instante de mi pensamiento; todo se lo quería comprar, la veía en cada niño o niña conque me cruzaba por la calle, hacía planes, todo era poco para mi María José".
Este relato era contado a menudo por Randolf, el padre de María José. Mi familia y la suya manteníamos una estrecha amistad y yo sentía un especial afecto por esa niña que era la razón más grande para vivir de Randolf, según decía él mismo.
Una tarde estábamos ambas familias de picnic a la orilla de una laguna cercana a nuestra casa y la niña entabló una conversación con su papá que todos escuchamos.
-"Papi, cuando cumpla quince años ¿cuál será mi regalo?"
-"Pero mi amor, ¡si apenas tienes diez añitos! ¿No te parece que falta mucho para esa fecha?"
-"Bueno papi, tú siempre dices que el tiempo pasa volando, aunque yo nunca lo he visto por aquí".
Todos reímos ante su comentario y seguimos conversando animadamente.
En aquellos momentos no podíamos sospechar cómo recordaríamos esa conversación años más tarde... Al caer el sol regresamos a nuestras casas.
Una mañana me encontré con Randolf frente al colegio donde estudiaba su hija, habían pasado 4 años desde aquella conversación y María José ya había cumplido catorce hacía meses.
El hombre parecía muy contento y la sonrisa no se apartaba de su rostro. Con gran orgullo me mostró las calificaciones que había obtenido María José, eran unas notas impresionantes, ninguna bajaba de sobresaliente y los comentarios que habían escrito sus profesores eran realmente conmovedores. Felicité al dichoso padre y le invité a un café.
Un domingo, muy temprano, estábamos preparando los bártulos para ir de excursión cuando sucedió algo inesperado. María José tropezó con algo, eso creímos todos, porque dio un traspiés; su padre evitó que cayera, agarrándola de inmediato. No dimos mayor importancia, pero cuando nos instalamos en el coche, nos dimos cuenta que la niña no estaba bien, se sentía mareada y casi perdió el conocimiento.
Rápidamente, la llevamos al hospital. Permaneció allí por diez días y el primer diagnóstico fue que padecía una grave enfermedad que afectaba seriamente su corazón, pero debían practicarle otras pruebas para confirmarlo.
Los días iban transcurriendo, Randolf renunció a su trabajo para dedicarse a su cuidado. Su esposa seguiría trabajando, pues sus ingresos eran superiores a los de él.
Una mañana Randolf se encontraba al lado de su hija cuando ella le preguntó:
-"Papá, voy a morir ¿no es cierto? te lo dijeron los médicos..."
-"No mi amor, no vas a morir, Dios es grande, no permitirá que pierda lo que más he amado en el mundo." -le respondió su padre.
-"¿Van a algún lugar los que se mueren? ¿Pueden ver desde lo alto a las personas queridas? ¿Sabes si pueden volver?"
-"Bueno, hija -respondió- en verdad nadie ha regresado de allí a contarnos cosas sobre eso, pero si yo muriera, no te dejaría sola. Estando en el más allá buscaría la manera de comunicarme contigo, en última instancia utilizaría el viento para venir a verte."
-"¿El viento? ¿Y como lo harías?"
-"No tengo la menor idea, hija, pero sentirás que estoy contigo cuando un suave viento roce tu cara y una brisa fresca bese tus mejillas."
Ese mismo día por la tarde, llamaron a Randolf desde el hospital, el asunto era grave, su hija se estaba muriendo; su corazón no resistiría más de quince o veinte días; necesitaban con mucha urgencia un corazón.
¡Un corazón! ¿dónde hallar un corazón? ¿acaso los vendían en la farmacia o en el supermercado? ¡Dios mío!...
Increíblemente, a los pocos días se consiguió un corazón y la operaron urgentemente. Todo salió como los médicos habían planeado. La operación fue un éxito total.
María José extrañaba muchísimo a su padre, no comprendía como no había ido a verla. Su mamá le decía que no podía acudir porque estaba trabajando, que ahora que ella estaba mucho mejor, sería él quien trabajara para sostener la familia.
Pasaron los días suficientes como para darle el alta médica y Maria José salió del hospital.
Al llegar a casa, todos nos sentamos en los sofás de la salita y su mamá, con los ojos llenos de lágrimas, le entregó una carta de su padre:
"María José, mi amor: En el momento de leer esta carta, habrás cumplido ya tus esperados quince años y sentirás un corazón fuerte latiendo en tu pecho, esa fue la promesa que me hicieron los médicos que te operaron. No puedes imaginar ni remotamente cuánto lamento no estar a tu lado en este instante. Cuando supe que ibas a morir, decidí dar respuesta a una pregunta que me hiciste cuando tenías diez años. Decidí hacerte el regalo más hermoso que jamás nadie ha hecho. Te regalo mi corazón, mi vida a cambio de la tuya, sin condición alguna, para que hagas con ella lo que quieras, ¡vive hija! Te Amo."
A medida que iba leyendo, María José no podía reprimir su llanto y costó mucho que se calmara.
En cuanto pudo, visitó la tumba de su papá en el cementerio y susurró serenamente:
"Papi, ¡cuánto me amabas!, yo también te he amado mucho y lo que siento es habértelo dicho muy pocas veces. Te pido perdón por ello. Papá, ¡TE AMO!"
En ese instante las copas de los árboles se movieron suavemente y una dulce brisa rozó las mejillas de María José. Recordó la conversación sostenida con su querido padre y se estremeció de pies a cabeza, alzó su mirada al cielo, agradecida, respiró profundamente y repitió: "Si, papá, ¡TE AMO!".
Con lágrimas en los ojos y mucho Amor en su corazón, inició el camino de regreso a casa mientras la brisa seguía acariciando su rostro.
La decepción ante el hecho que no lo fuera, parecía ser más grande que el gran acontecimiento que representa tener un hijo.
A los dos días de haber nacido, fui a buscar a mis dos mujeres, una lucía pálida y la otra radiante y dormilona. En pocos meses me dejé cautivar por la sonrisa de María José y por el brillo negro de sus ojos vivos y penetrantes y empecé a amarla con locura; su carita, su sonrisa y su mirada no se apartaban ni un instante de mi pensamiento; todo se lo quería comprar, la veía en cada niño o niña conque me cruzaba por la calle, hacía planes, todo era poco para mi María José".
Este relato era contado a menudo por Randolf, el padre de María José. Mi familia y la suya manteníamos una estrecha amistad y yo sentía un especial afecto por esa niña que era la razón más grande para vivir de Randolf, según decía él mismo.
Una tarde estábamos ambas familias de picnic a la orilla de una laguna cercana a nuestra casa y la niña entabló una conversación con su papá que todos escuchamos.
-"Papi, cuando cumpla quince años ¿cuál será mi regalo?"
-"Pero mi amor, ¡si apenas tienes diez añitos! ¿No te parece que falta mucho para esa fecha?"
-"Bueno papi, tú siempre dices que el tiempo pasa volando, aunque yo nunca lo he visto por aquí".
Todos reímos ante su comentario y seguimos conversando animadamente.
En aquellos momentos no podíamos sospechar cómo recordaríamos esa conversación años más tarde... Al caer el sol regresamos a nuestras casas.
Una mañana me encontré con Randolf frente al colegio donde estudiaba su hija, habían pasado 4 años desde aquella conversación y María José ya había cumplido catorce hacía meses.
El hombre parecía muy contento y la sonrisa no se apartaba de su rostro. Con gran orgullo me mostró las calificaciones que había obtenido María José, eran unas notas impresionantes, ninguna bajaba de sobresaliente y los comentarios que habían escrito sus profesores eran realmente conmovedores. Felicité al dichoso padre y le invité a un café.
Un domingo, muy temprano, estábamos preparando los bártulos para ir de excursión cuando sucedió algo inesperado. María José tropezó con algo, eso creímos todos, porque dio un traspiés; su padre evitó que cayera, agarrándola de inmediato. No dimos mayor importancia, pero cuando nos instalamos en el coche, nos dimos cuenta que la niña no estaba bien, se sentía mareada y casi perdió el conocimiento.
Rápidamente, la llevamos al hospital. Permaneció allí por diez días y el primer diagnóstico fue que padecía una grave enfermedad que afectaba seriamente su corazón, pero debían practicarle otras pruebas para confirmarlo.
Los días iban transcurriendo, Randolf renunció a su trabajo para dedicarse a su cuidado. Su esposa seguiría trabajando, pues sus ingresos eran superiores a los de él.
Una mañana Randolf se encontraba al lado de su hija cuando ella le preguntó:
-"Papá, voy a morir ¿no es cierto? te lo dijeron los médicos..."
-"No mi amor, no vas a morir, Dios es grande, no permitirá que pierda lo que más he amado en el mundo." -le respondió su padre.
-"¿Van a algún lugar los que se mueren? ¿Pueden ver desde lo alto a las personas queridas? ¿Sabes si pueden volver?"
-"Bueno, hija -respondió- en verdad nadie ha regresado de allí a contarnos cosas sobre eso, pero si yo muriera, no te dejaría sola. Estando en el más allá buscaría la manera de comunicarme contigo, en última instancia utilizaría el viento para venir a verte."
-"¿El viento? ¿Y como lo harías?"
-"No tengo la menor idea, hija, pero sentirás que estoy contigo cuando un suave viento roce tu cara y una brisa fresca bese tus mejillas."
Ese mismo día por la tarde, llamaron a Randolf desde el hospital, el asunto era grave, su hija se estaba muriendo; su corazón no resistiría más de quince o veinte días; necesitaban con mucha urgencia un corazón.
¡Un corazón! ¿dónde hallar un corazón? ¿acaso los vendían en la farmacia o en el supermercado? ¡Dios mío!...
Increíblemente, a los pocos días se consiguió un corazón y la operaron urgentemente. Todo salió como los médicos habían planeado. La operación fue un éxito total.
María José extrañaba muchísimo a su padre, no comprendía como no había ido a verla. Su mamá le decía que no podía acudir porque estaba trabajando, que ahora que ella estaba mucho mejor, sería él quien trabajara para sostener la familia.
Pasaron los días suficientes como para darle el alta médica y Maria José salió del hospital.
Al llegar a casa, todos nos sentamos en los sofás de la salita y su mamá, con los ojos llenos de lágrimas, le entregó una carta de su padre:
"María José, mi amor: En el momento de leer esta carta, habrás cumplido ya tus esperados quince años y sentirás un corazón fuerte latiendo en tu pecho, esa fue la promesa que me hicieron los médicos que te operaron. No puedes imaginar ni remotamente cuánto lamento no estar a tu lado en este instante. Cuando supe que ibas a morir, decidí dar respuesta a una pregunta que me hiciste cuando tenías diez años. Decidí hacerte el regalo más hermoso que jamás nadie ha hecho. Te regalo mi corazón, mi vida a cambio de la tuya, sin condición alguna, para que hagas con ella lo que quieras, ¡vive hija! Te Amo."
A medida que iba leyendo, María José no podía reprimir su llanto y costó mucho que se calmara.
En cuanto pudo, visitó la tumba de su papá en el cementerio y susurró serenamente:
"Papi, ¡cuánto me amabas!, yo también te he amado mucho y lo que siento es habértelo dicho muy pocas veces. Te pido perdón por ello. Papá, ¡TE AMO!"
En ese instante las copas de los árboles se movieron suavemente y una dulce brisa rozó las mejillas de María José. Recordó la conversación sostenida con su querido padre y se estremeció de pies a cabeza, alzó su mirada al cielo, agradecida, respiró profundamente y repitió: "Si, papá, ¡TE AMO!".
Con lágrimas en los ojos y mucho Amor en su corazón, inició el camino de regreso a casa mientras la brisa seguía acariciando su rostro.
ROSAS ROJAS.
Las rosas rojas eran sus favoritas. Su nombre también era Rosa.
Cada año su esposo se las mandaba atadas con un lazo bonito.
El año que él murió, le entregaron las rosas a su puerta con una tarjeta que decía: "Se muy valiente" Igual que los años anteriores.
Cada año le mandaba rosas y la tarjetita siempre decía:"Te amo más este año que el año pasado en este día. Mi amor crecerá con cada año que transcurra."
Ella sabía que esta sería la última vez que recibiría rosas. Pero, pensó que, tal vez, las había ordenado antes de morir, puesto que no sabía lo que iba a suceder.
A él siempre le gustaba adelantarse haciendo todo por si acaso estuviera muy ocupado para hacerlas en la fecha indicada. Por eso ella cortaba los tallos y las colocaba en un florero muy especial que ponía a un lado de su retrato.
Después, se sentaba horas enteras viendo el retrato y las flores.
Pasó un año y era muy difícil vivir sin su pareja. La soledad la había invadido y parecía su destino.
Pero entonces, igual que en otros días de San Valentín, sonó el timbre y encontró las rosas.
Entró con ellas en las manos y con gran asombro tomó el teléfono y llamó al florista. Le contestó el dueño y ella le pidió que le explicara...Quién quería causarle tanto daño?
La respuesta fue.."Se que su esposo murió hace más de un año y estaba seguro de que usted me llamaría". Las flores que usted acaba de recibir fueron previamente pagadas. Su esposo siempre adelantaba las cosas sin dejar nada al devenir. Hay un pedido en su expediente pagado por adelantado para que reciba estas flores cada año. También debe saber otra cosa. Hay una notita especial escrita en una tarjeta. Esto lo hizo hace muchos años. Esta dice que si yo me enterase que él ya no está, esta tarjeta se la debo enviar a usted al año siguiente.
Rosa se mostró agradecida y colgó hecha un mar de lágrimas, con las manos temblorosas y lentamente tomó la tarjeta con la nota. Se la quedó mirando en un silencio total.
Leyó lo siguiente:
"Hola mi Amor, se que hace más de un año que me fui. Espero no haya sido muy penoso recuperarte. Se lo solita que debes de estar y se que el dolor es verdadero, pues si fuera diferente se como me sentiría. El amor que compartimos hizo que todo en la vida se viera hermoso. Te quise más de lo que cualquier palabra puede expresar. Tú fuiste la esposa perfecta, fuiste mi amiga y amante, llenaste todo lo que anhelaba. Se que solo ha pasado un año pero te pido que por favor no sufras más. Quiero que seas feliz aunque derrames lágrimas. Por eso las rosas te llegarán todos los años. Cuando las recibas piensa en la felicidad que tuvimos juntos y como fuimos bendecidos.
Siempre te amé y te seguiré amando, pero tú tienes que seguir viviendo.
Por favor, trata de encontrar felicidad mientras vivas. Se que no será fácil, pero se que encontrarás la forma.
Las rosas te seguirán llegando cada año hasta el día en que no haya quien abra la puerta. El florista ha recibido instrucciones de tocar a tu puerta cinco veces el mismo día por si saliste.
El día que ya nadie la abra sabrá a donde llevar las flores.......en donde estemos reunidos."...
En la vida hay veces que encontramos una amistad especial, alguien que cambia nuestra vida con solo ser parte de ella. Alguien que nos haga creer que hay algo muy bonito y muy bueno en el mundo. Alguien que nos convence que hay una puerta cerrada esperando que se abra con la eterna amistad.
Cada año su esposo se las mandaba atadas con un lazo bonito.
El año que él murió, le entregaron las rosas a su puerta con una tarjeta que decía: "Se muy valiente" Igual que los años anteriores.
Cada año le mandaba rosas y la tarjetita siempre decía:"Te amo más este año que el año pasado en este día. Mi amor crecerá con cada año que transcurra."
Ella sabía que esta sería la última vez que recibiría rosas. Pero, pensó que, tal vez, las había ordenado antes de morir, puesto que no sabía lo que iba a suceder.
A él siempre le gustaba adelantarse haciendo todo por si acaso estuviera muy ocupado para hacerlas en la fecha indicada. Por eso ella cortaba los tallos y las colocaba en un florero muy especial que ponía a un lado de su retrato.
Después, se sentaba horas enteras viendo el retrato y las flores.
Pasó un año y era muy difícil vivir sin su pareja. La soledad la había invadido y parecía su destino.
Pero entonces, igual que en otros días de San Valentín, sonó el timbre y encontró las rosas.
Entró con ellas en las manos y con gran asombro tomó el teléfono y llamó al florista. Le contestó el dueño y ella le pidió que le explicara...Quién quería causarle tanto daño?
La respuesta fue.."Se que su esposo murió hace más de un año y estaba seguro de que usted me llamaría". Las flores que usted acaba de recibir fueron previamente pagadas. Su esposo siempre adelantaba las cosas sin dejar nada al devenir. Hay un pedido en su expediente pagado por adelantado para que reciba estas flores cada año. También debe saber otra cosa. Hay una notita especial escrita en una tarjeta. Esto lo hizo hace muchos años. Esta dice que si yo me enterase que él ya no está, esta tarjeta se la debo enviar a usted al año siguiente.
Rosa se mostró agradecida y colgó hecha un mar de lágrimas, con las manos temblorosas y lentamente tomó la tarjeta con la nota. Se la quedó mirando en un silencio total.
Leyó lo siguiente:
"Hola mi Amor, se que hace más de un año que me fui. Espero no haya sido muy penoso recuperarte. Se lo solita que debes de estar y se que el dolor es verdadero, pues si fuera diferente se como me sentiría. El amor que compartimos hizo que todo en la vida se viera hermoso. Te quise más de lo que cualquier palabra puede expresar. Tú fuiste la esposa perfecta, fuiste mi amiga y amante, llenaste todo lo que anhelaba. Se que solo ha pasado un año pero te pido que por favor no sufras más. Quiero que seas feliz aunque derrames lágrimas. Por eso las rosas te llegarán todos los años. Cuando las recibas piensa en la felicidad que tuvimos juntos y como fuimos bendecidos.
Siempre te amé y te seguiré amando, pero tú tienes que seguir viviendo.
Por favor, trata de encontrar felicidad mientras vivas. Se que no será fácil, pero se que encontrarás la forma.
Las rosas te seguirán llegando cada año hasta el día en que no haya quien abra la puerta. El florista ha recibido instrucciones de tocar a tu puerta cinco veces el mismo día por si saliste.
El día que ya nadie la abra sabrá a donde llevar las flores.......en donde estemos reunidos."...
En la vida hay veces que encontramos una amistad especial, alguien que cambia nuestra vida con solo ser parte de ella. Alguien que nos haga creer que hay algo muy bonito y muy bueno en el mundo. Alguien que nos convence que hay una puerta cerrada esperando que se abra con la eterna amistad.
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