martes, 12 de octubre de 2010

¡SÍ, PERO QUE SEA REINA!

NAVAS.

Hubo hace muchos, muchísimos siglos, en los tiempos felices de las buenas espadas y de los bravos caballeros, una ciudad muy famosa. Estaba edificada en el fondo de un valle y, como sus habitantes eran hombres decididos y trabajadores, en pocos años, la ciudad creció enormemente. Los caminantes la veían de lejos y quedaban deslumbrados por el brillo de sus mármoles y sus bronces. Era una ciudad muy rica donde todos vivían en paz.

Pero un mal día sus habitantes quisieron elegir un rey. Las trompetas de los heraldos los reunieron a todos delante del palacio de la ciudad. No faltaba nadie. Pobres y ricos, jóvenes y viejos se miraban unos a otros y hacían comentarios en voz baja.

Cuando el toque, largo y agudo, de un clarín de plata logró poner silencio general a la muchedumbre, se adelantó un personaje bajito, muy gordo y muy bien vestido. Era el hombre más rico de la ciudad. Levantó la mano cargada de sortijas y dijo: ¡Ciudadanos! Nosotros somos ya inmensamente ricos. No nos hace falta el dinero. Nuestro rey tiene que ser un hombre noble, un conde, un marqués, un príncipe, para que todos lo respeten por su alta estirpe.

-¡Noooooo! ¡Fuera! ¡Que se calle! -interrumpieron los pobres-. ¡Queremos por rey a un hombre rico y generoso que remedie nuestras necesidades. Al mismo tiempo, los soldados levantaron a hombros a un gigantón de fiera estatura y gritaron agitando por los aires sus espadas -¡Este será nuestro hombre! ¡El más valiente!

Allí nadie se entendía. Se oían gritos, amenazas, aplausos, el chocar de las armas de los guerreros. Aquello amenazaba convertirse en una guerra. Sonó de nuevo el clarín. Poco a poco se acalló la muchedumbre, y un anciano, sereno y prudente, aconsejó: "Amigos, no cometáis la locura de batiros por un rey que no existe todavía. Buscad a un niño inocente y que él elija el rey entre nosotros". Trajeron al niño y, en presencia de todo el pueblo, le preguntó el anciano: -"¿Quién quieres que sea el rey de esta ciudad tan grande? - El chiquillo los miró a todos, se mordió la uña del dedo gordo y contestó: "Los reyes son muy feos. Yo no quiero rey. Quiero que sea reina: mi madre".

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