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viernes, 30 de julio de 2010

REBELDES DOMESTICADOS.

Era un tipo difícil. Pensaba y actuaba de distinto modo que el resto de nosotros. Todo lo cuestionaba. ¿Era un rebelde, o un profeta, o un psicópata, o un héroe? "¿Quién puede establecer la diferencia?", nos decíaos. "Y en último término, ¿a quién le importa?".

De manera que le socializamos. Le enseñamos a ser sensible a la opinión pública y a los sentimientos de los demás. Conseguimos conformarlo. Hicimos de él una persona con la que se covivía a gusto, perfectamente adaptada. En realidad, lo que hicimos fue enseñarle a vivir de acuerdo con nuestras expectativas. Le habíamos hecho manejable y dócil.

Le dijimos que había aprendido a controlarse a sí mismo y le felicitamos por haberlo conseguido. Y él mismo empezó a felicitarse también por ello. No podía ver que éramos nosotros quienes le hablamos comquistado a él.

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Un individuo enorme entró en la abarrotada habitación y gritó: "¿Hay aquí un tipo llamado Murphy?". Se levantó un hombrecillo y dijo: "Yo soy Murphy".

El inmenso individuo casi lo mata. Le rompió cinco costillas, le partió la nariz, le puso los ojos morados y le dejó hecho un guiñapo en el suelo. Después salió pisando fuerte.

Una vez que se hubo marchado, vimos con asombro como el hombrecillo se reía entre dientes. "¡Cómo he engañado a ese tip!", dijo suavemente. "¡Yo no soy Murphy!" ¿ja ja ja!".

Una sociedad que domestica a sus rebeldes ha conquistado su paz, pero ha perdido su futuro.